Por: Nicholas D. Kristof

La comision de la verdad

CUANDO UN DISTINGUIDO COMANdante militar de Estados Unidos acusa a Estados Unidos de cometer crímenes de guerra en su manejo de detenidos, sabemos que necesitamos una nueva forma de avanzar.

“Ya no cabe la menor duda con respecto a si la presente administración ha cometido crímenes de guerra”, declara Antonio Taguba, el general divisional, actualmente retirado, que investigó abusos en Irak, en un nuevo y poderoso informe sobre la tortura estadounidense emitido por el grupo Facultativos por los Derechos Humanos. “La única pregunta que sigue sin respuesta es la de si serán llamados a rendir cuentas quienes ordenaron el uso de la tortura”.

El primer paso en la rendición de cuentas no son los enjuiciamientos. Más bien, necesitamos una Comisión Nacional de la Verdad para que conduzca un proceso de autorreflexión y limpieza nacional.

Eso fue lo que hizo Sudáfrica después del Apartheid, con su propia Comisión de Verdad y Reconciliación, y es lo que Estados Unidos hizo con la Comisión Kerner sobre la raza, así como la comisión de los años 80 que examinó las detenciones de estadounidenses de origen japonés durante la II Guerra Mundial.

Actualmente (los estadounidenses) necesitamos una Comisión de la Verdad similar, con poder de citación, a fin de que investigue los abusos en las repercusiones del 11 de septiembre.

Nosotros ya sabemos que el gobierno estadounidense ha tenido a Nelson Mandela en una lista de alerta terrorista y que las fuerzas armadas de Estados Unidos enseñaron técnicas de interrogación, las mismas que tomaron tal cual de registros de métodos chinos empleados para romper la voluntad de prisioneros estadounidenses durante la Guerra de Corea, aun cuando sabemos que las técnicas de tortura dieron origen a falsas confesiones.

Es una desgracia nacional que más de 100 presos hayan muerto estando bajo custodia estadounidense en Afganistán, Irak y la Bahía de Guantánamo. Luego que dos reos afganos fueron golpeados por soldados estadounidenses hasta que les provocaron la muerte, el investigador militar de Estados Unidos encontró que una de las piernas de los hombres había quedado como “pulpa”.

Además, muchas de las personas que nosotros torturamos eran inocentes: la Administración fue tan incompetente como fue inmoral. El grupo periodístico McClatchy acaba de publicar una devastadora serie sobre tortura y otros abusos, y cita al ex secretario del Ejército, Thomas White, diciendo que desde el momento que Guantánamo abrió, un tercio de los presos no pertenecía a ese lugar.

McClatchy dice que uno de los presos, Mohammed Akhtiar, era conocido por todos como una persona a favor de Estados Unidos, menos por los soldados estadounidenses que le propinaban golpizas. Algunos de los otros reos que estaban con él le escupían, lo golpeaban y le llamaban “infiel”, todo debido a su registro de oposición al talibán. En parte, estos abusos tuvieron lugar debido a que varios años después del 11 de septiembre de 2001, muchas de nuestras instituciones nacionales no llevaron a cabo su trabajo. El Partido Demócrata se hizo a una lado en vez de servir como una leal oposición. Nosotros, en la prensa, a menudo nos convertimos en perros falderos en vez de perros guardianes, y defraudamos a la opinión popular.

Sin embargo, hubo héroes, incluidos grupos por las libertades civiles y abogados de los detenidos. Algunos jueces se opusieron a la disposición que prevalecía, al tiempo que unos pocos conservadores dentro de la Administración se expresaron vigorosamente. Eric Lichtblau, en el New York Times, escribe en su nuevo y formidable libro, La ley de Bush (Bush's Law), que el comisionado del Servicio de Inmigración y Nacionalización, James Ziglar, se opuso con fuerza a planes enfocados a redadas de puerta en puerta en barrios árabes de Estados Unidos.

El libro relata que en una reunión, Ziglar declaró audazmente: “Nosotros sí tenemos algo conocido como la Constitución”, agregando que ese tipo de redadas serían ilegales y “yo no voy a participar en eso”.

Entre quienes más admiro están los abogados militares que arriesgaron sus carreras, desafiaron al Pentágono y se ganaron el antagonismo de sus compañeros de bebida; todo por los sospechosos musulmanes de actos terroristas en circunstancias que, a menudo, estaban marcadas por la ambigüedad de la evidencia. En momentos que nosotros, como nación, tomamos el camino expedito, estos oficiales militares siguieron el camino honorable y merecen una medalla por su valentía.

La Comisión de la Verdad que investiga estos temas sería, idealmente, un grupo no partidista que contara con varios respetados oficiales militares y de seguridad, incluidos generales, almirantes y prominentes figuras de los servicios de inteligencia. Este tipo de antecedentes les daría credibilidad a lo largo del espectro político; y no creo que ellos se andarían con tiento. Los oficiales militares y de inteligencia que yo conozco se sienten tan consternados por nuestros abusos como cualquier otro grupo, en parte debido a que ellos se dan cuenta de que si nuestra gente aplica el ahogamiento simulado, entonces a nuestra gente también le aplicarán esta técnica.

Tanto Barack Obama como John McCain se deberían comprometer a la formación de una Comisión de la Verdad al comienzo de la siguiente administración. Esta comisión emitiría un informe para ayudarnos a comprender mejor las lecciones de nuestras insuficiencias para evitarlas durante la siguiente crisis.

En cuanto a qué hacer con Guantánamo en sí, la mejor sugerencia llega de una desconocida publicación médica, Enfermedades Tropicales Olvidadas (Plos Neglected Tropical Diseases). Esta publicación sugiere que el campo de prisioneros podría convertirse en las instalaciones ideales para la investigación de enfermedades tropicales que afligen a mucha gente en el mundo. Es una excelente sugerencia: Estados Unidos debería cerrar la prisión y convertirla en una base de investigación para el combate de las enfermedades de la pobreza mundial, y quizá en ese momento podría llegar el día que pronunciemos la palabra “Guantánamo” sin contorsiones de vergüenza.

* Columnista de ‘The New York Times’,  dos veces ganador del Premio Pulitzer. c.2007 - The New York Times News Service.

 

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