Por: Nicolás Rodríguez

La conquista que no fue

Mucho de lo que se dice de Cristóbal Colón no es cierto. Es más, a la luz de algunos libros que ahondan en diversas fuentes y revisan mitos que se tienen por verdades, prácticamente todas las interpretaciones oficiales de la conquista española son cuestionables.

Empezando por la propia conquista, que no fue total: que lo digan si no los mapuches, en Chile, que aun hoy ponen problema. Tampoco fue rápida: tres siglos después, de México a Argentina, todavía se debatía cómo convertir a los indígenas en ciudadanos (vale decir, en menos indios y más europeos). Y menos aun completa: hay culturas que permanecen, ropajes y costumbres que no se extinguieron, regiones que nunca fueron conquistadas.

La conquista española, entonces, no fue en realidad una conquista. Como tampoco es cierto que estuviese hecha por conquistadores. Muy por el contrario, quienes participaron eran empresarios armados, semiletrados, que se podían pagar el viaje (y el arma), y que buscaban algo de suerte. Aunque ingresaron a la historia como parte del ejército del Rey, en esa época ni siquiera había ocurrido la revolución militar en la que fueron institucionalizados los ejércitos. Con todo, se les recuerda como lo que no eran: hombres excepcionales.

Por lo demás, es falso que los indígenas consideraran que los españoles eran dioses blancos (de donde se sigue que con un espejo los bajaron de por aquí y de por allá). Los crédulos, si a eso vamos, eran los europeos que hasta brujas persiguieron. Sin embargo, el mito de la superioridad se mantiene, casi idéntico, y se sostiene en una tautología: que es que eran superiores porque conquistaron y que conquistaron porque eran superiores. Y así se explica, sin más, que tan pocos le ganaran a tantos.

Otras miradas, derivadas de la lectura de polvorientos archivos, plantean que las que sí hicieron la diferencia, además de las espadas de acero (y no los caballos, que llegaron a dominar y de los que no siempre huyeron, como equivocadamente se dice), fueron las epidemias. En el siglo y medio que le siguió a la llegada de Colón, por ejemplo, la población nativa decayó en un 90%. Pero no desapareció. Tampoco fue exterminada como lo pretenden otras voces, ya no oficiales, según las cuales los españoles eran tan pero tan malos que cuando se propusieron acabar con los indígenas simplemente dieron inicio al proceso rectilíneo de exploración, expansión, descubrimiento e invasión.

Por supuesto, otra cosa nos dicen los que se ocupan del tema. Entre estos, la leyenda negra del español malvado ya ha sido lo suficientemente rebatida. Y no porque no lo fueran (40 millones de indígenas murieron en un solo siglo), sino porque el corolario de esa versión de la historia reduce al indígena al papel de criatura inanimada e indefensa, además de supersticiosa y cobarde, cuando no es que irracional.

Contrario a estos imaginarios, aun presentes, hay que decir que los indígenas se adaptaron como pudieron. Muchos usaron a los españoles para dominar a esos otros pueblos, ciudades y comunidades que tenían por enemigos, pues no se pensaban como “indígenas” o “nativos”, categorías que serán inventadas posteriormente. Otros se resistieron y en la guerra, que también marcó la pauta para que fuesen sometidos, se encontraron con que los españoles, sin ningún respeto por la vida y sus rituales, mataban en masa, mataban combatientes y no combatientes, mataban a distancia.

Como sea, la conquista, que no fue necesariamente conquista (y menos descubrimiento, pues ya estaban ahí los “indígenas”, con su oro, sacrificios y lenguas), no tiene porqué ser conmemorada como esa historia acabada, inevitable, gloriosa y fácil que supone la figura misma de Cristóbal Colón.

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