Por: Paloma Valencia Laserna

La consulta a la maquinaria sin moral y sin votos

El ejercicio de las consultas populares dejó lecciones que no deben pasar desapercibidas, pues señalan graves problemas de la ley de reforma política y requieren acciones.

La democracia vive una crisis evidente: las protestas en el medio oriente, las de la puerta del sol en España, los crecientes índices de abstención en todas partes así lo demuestran. Colombia no es la excepción. El ejercicio del poder del pueblo a través de la representación parece cada vez más insuficiente. Las grandes mayorías se quedan al margen de las decisiones. Se trata de una mezcla de cosas: la transfiguración de la política en un negocio donde gente  inescrupulosa invierte dinero que luego recuperan con creces, pues se apropian del erario en complicidad con contratistas. Estados fallidos, incapaces de resolver las necesidades de la sociedad, y que aún en la solución de los problemas rutinarios fracasan… y lo más grave; la perdida del valor simbólico del voto.

La democracia moderna se cimenta en la convicción de que el voto le da a los ciudadanos un plano de igualdad, donde desaparecen todas las distinciones y todas las voces son oídas y tienen el mismo valor. Las mayoritarias triunfan, pero las minorías adquieren representación según su magnitud. El voto debería ser apreciado y bien pensado. Debería ser un momento cúspide de libertad, donde se celebra un proceso histórico que aboga por la igualdad. Pero las mayoría de los votantes lo utilizan con la misma gratuidad con la que lo obtuvieron; es una herencia poco valorada que se vende por un mercado, un billete y a veces por una promesa.

Una consulta para la selección de los candidatos tendría sentido si todo el potencial electoral tomara parte. Elegir un candidato no es elegir un Alcalde, se trata de dar los lineamientos sobre cómo será el debate, pues son los candidatos quienes determinan la naturaleza y desarrollo de las campañas. Votar por los buenos candidatos, derrotar las maquinarias, sería más sencillo en las consultas, pero los colombianos son indiferentes al proceso. Como son pocos los electores libres que participan, sólo las maquinarias funcionan. Esta consulta costó 80 mil millones y sirvió tan solo para mostrar el tamaño del engranaje clientelita conservador, y reafirmar a los gamonales en las regiones.

Las consultas tampoco tienen efectos reales; si quienes –con esfuerzo- atraen a los ciudadanos que protestan contra las directivas son derrotados, se diluyen, no obtienen ninguna representación. El partido además los obliga a  aceptar la imposición de la maquinaria. Antes de la reforma política era posible mantener listas disidentes que competían en las elecciones para los cargos públicos –donde concurren más electores- y ahí en el ejercicio democrático se puede derrotar lo establecido. La idea de la reforma era fortalecer los partidos y procurar una representación ideológica y no personalista. Lo cierto es que nos quedamos sin lo uno y sin lo otro, con la supresión de la disidencia sólo queda una directiva incrustada e inamovible.

Es evidente que semejante cantidad de dinero hubiera sido mejor invertido en otras cosas, pues este ejercicio no aportó nada a la democracia pero sí mucho a los protervos encaramados en maquinarias sin moral. 

Se evidenció también el desprestigio del Partido Conservador. La votación casi nula en el país muestra de que los escándalos de corrupción de las directivas han hecho mella en el buen nombre de la colectividad. Los bienes de mafiosos, las notarias, la inmoralidad rampante hacen daño; la directiva involucrada debió renunciar, todavía tiene que hacerlo, como quedó claro.

 

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