Por: Aldo Civico

La continuación de la guerra por otros medios

Fue suficiente que el Gobierno y las Farc aparecieran juntos en el escenario público para que varios comentaristas caracterizaran a Oslo como otro Caguán, y acusaran al presidente de vender la patria. Pero Santos no es un tonto.

Si algo distingue a este proceso de los anteriores, es el hecho de que está inteligentemente planeado. Se trata de un proceso de paz concebido desde los días en que Juan Manuel Santos era ministro de Defensa y con la inteligencia militar jugando un papel clave en afinar una estrategia favorable para un proceso de paz eficaz. Estas conversaciones fueron concebidas durante la presidencia de Álvaro Uribe y representan la actualización necesaria de su política de seguridad democrática. De hecho, el entonces comisionado de Paz, Frank Pearl, ya intentaba acercamientos con las Farc y el Eln mucho antes de que Santos ganara las elecciones.

Pero en el caso de un proceso de paz, la palabra “paz” no puede ser confundida con “conversión”, como si se tratara de un camino espiritual. El general prusiano Von Clausewitz definió la política como la continuación de la guerra por otros medios; por lo tanto, el proceso de paz de Colombia, en esta etapa, se puede interpretar como la continuación de la guerra por otros medios. Hasta ahora ha funcionado bastante bien. De hecho, durante la primera fase, las partes negociaron y firmaron una agenda importante, concreta, manejable. ¿Ya nos olvidamos de eso?

Sin duda, las Farc tratarán de ampliar la agenda y de dilatar los tiempos; esto hace parte de la naturaleza de una insurgencia. Pero la ausencia de un cese al fuego (una decisión estratégica y no simplemente el guiño de Santos para complacer a los militares) y por lo tanto la continuación de la acción militar, principalmente contra la infraestructura del narcotráfico y las finanzas de las Farc, evitará convertir a la mesa de negociación en un espacio donde la guerrilla se amañe. El éxito de este proceso dependerá también, y en buena parte, de la perfecta sincronización entre la dinámica en el terreno militar y la dinámica de la negociación.

Pero el aspecto militar no es el único relevante. El Gobierno (probablemente uno de los más progresistas en la historia de Colombia) y las Farc tienen menos diferencias de lo que parece. El desarrollo agrario es el primer punto de la agenda de conversación, y aunque sin duda hay diferencias profundas acerca de cómo lograr este desarrollo, el Gobierno y las Farc coinciden en el diagnóstico; en que el obstáculo principal al desarrollo es el persistente carácter feudal y mafioso de la concentración de tierra. Esta coincidencia de análisis no es poca cosa, y las Farc, que parecen deseosas de desempeñar un mayor papel político, no deberían perder la oportunidad de esta coincidencia.

Sin duda, las conversaciones de paz siempre son una apuesta, y aunque son riesgosas, son el único juego al que apostarle. Sigue siendo un proyecto difícil y frágil que necesita ser protegido y alimentado, mientras los detractores de estas conversaciones se exponen a ser recordados como imperdonables saboteadores y los verdaderos tontos.

 

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