La contraapertura

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A finales de la década del 80 se empezó a hablar, en los principales organismos económicos del Estado colombiano, sobre la necesidad de liberalizar el régimen de comercio exterior nacional. Es decir, reducir el nivel de protección a la competencia externa. Tres factores servían de catalizadores de esa discusión. El primero, la evidencia de que el crecimiento de la productividad se estaba reduciendo y a nivel internacional había muchos estudios empíricos que mostraban que los países más integrados a la economía mundial tenían mayor crecimiento de su productividad. El segundo era que el Banco Mundial había hecho estudios que mostraban el efecto negativo del excesivo proteccionismo sobre el crecimiento productivo de la industria nacional. Y el último respondía a que el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional presionaban al país para que se embarcara en la reducción del altísimo grado de protección que tenía la producción nacional.

Cuando asumió la Presidencia César Gaviria, en 1990, su equipo económico, encabezado por Rudolf Hommes y Armando Montenegro, con gran sentido de oportunidad, impulsó lo que se llamó “la apertura”. Básicamente consistió en la reducción de los aranceles y la eliminación de muchas de las prohibiciones para importar. Esta estrategia fue muy controvertida y se le achacaron problemas que no fueron causados por ella. En el imaginario de un amplio sector de la población quedó la idea de que “la apertura” había perjudicado la producción nacional. De ahí que pocos ponderen el inmenso beneficio que representó el poder importar muchos productos —televisores, neveras, aires acondicionados, entre otros— de buena calidad y a precios cercanos a los internacionales.

 

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