Por: Juan David Ochoa

La convención de los ultras

En una iglesia cristiana, entre la atmósfera del fanatismo acorde a los vértices del partido, se congregó la primera convención de los ultras que intentan retomar el poder para refundar la historia confesional y los esquemas de la vieja guardia del militarismo: una ideología que hierve de rencor por la pérdida de un poder que creían eterno, como lo creen las sectas cuando alcanzan a tejer su realidad desde la cúpula del dominio.

La convención tuvo la venia de Claudia Rodríguez, pastora central de la Misión Carismática Internacional que trabaja conjunta al uribismo desde el boicot a los acuerdos que quisieron llamar renegociación, y con miras a una integración entre las listas del partido en los próximos tiempos del Congreso.

El orden del día transcurrió entre las arengas y el mismo furor de las experiencias místicas que sobrepasan toda posibilidad de raciocinio, porque resulta inútil, y entre la iluminación de Álvaro Uribe Vélez, el patriarca ultra que ha ascendido en el tiempo sobre todas las corrientes del moralismo unido como santo señor de todos los fueros. Fue en esta congregación oficial para la nueva campaña hacia el 2018 en que las directrices se marcaron claras, con las alianzas descubiertas y los objetivos públicos. Incluso el mismísimo Fernando Londoño Hoyos, quien encarna en todos sus gestos la representación exacta del resentimiento, sin rubor, se rebeló entre los protocolos y frente a la mentira publicitaria del partido para decir una verdad natural aunque nunca lo hayan reconocido aún entre su cinismo tradicional: que su partido no es tibio ni central ni es una simple corriente indignada contra los excesos de su antítesis y espejo más fuerte: la izquierda feroz, sino un partido confeso de derecha, de arriba abajo y de principio a fin, con todos los métodos profesionalizados del estigma contra toda disidencia y con la negativa a aceptar cualquier indicio histórico de concepción objetiva del conflicto. Prometió hacer trizas el acuerdo firmado.

Holmes Trujillo, que parecía ser el rostro caballeroso y calmo entre los alfiles ladrantes de las iras del partido, también despejó las dudas con su radicalismo y prometió tumbar los papeles de un “acuerdo malo”: lo dijo así, de forma frívola y simple y con el adjetivo más vacuo y tonto, como queriendo ser lo suficientemente claro con los sectores más básicos que necesitarán para remontarse en la historia, ahora que tendrán la última carta en el tiempo para argumentar coyunturalmente sus exabruptos.

Pero el exabrupto mayor, entre la fila díscola de los resentidos al margen de la historia, y más allá del acostumbrado discurso veintejuliero de Paloma Valencia que dejó de ser anecdótico, fue la aparición de un político que parecía haberse evaporado entre el humo de sus viejas derrotas, un exsindicalista que vendió sus discursos al mejor postor cuando todavía le quedaba algo de nombre entre los renombres del descrédito: Angelino Garzón. Aparecía allí, entre la convención de los ultras y con la bendición del pastor de pastores y de su representante legal contra los derechos humanos y el progreso, argumentando su presencia como un mástil del concilio.

Así termina la carrera política de un bipolar confundido entre el discurso y los brillos del poder, y así queda clara la atmósfera y los principios de un partido que ha abandonado sus eufemismos democráticos para revelarse como una secta alrededor de un nombre inmaculado y reunida en una iglesia a partir de ahora y para siempre. Empieza la campaña electoral entre el incienso.

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