Por: Daniel Pacheco

La Copa y la Colombia acomplejada

Colombia, como país, arrastra un pesado complejo de inferioridad en la escena internacional y ese complejo de inferioridad se expresa de su manera más dolorosa frente a Argentina. Por eso la discusión reciente sobre la Copa América toca no solo lo futbolístico, sino que agita aspectos íntimos e inseguridades de nuestra parroquial identidad nacional.

Precisamente en el nuevo libro de Sandra Borda, ¿Por qué somos tan parroquiales?, ella responde argumentando que lo somos por una paradójica combinación en nuestras élites: son al mismo tiempo arrogantes y acomplejadas, crecidas en Colombia, apocadas en la escena internacional. Un episodio en W Radio lo resume perfectamente: después de que Trump reclamara públicamente que Colombia y los países de Centroamérica están mandando drogas y a los peores pandilleros a su país, entrevistaron al embajador de EE. UU. Alberto Casas (caricatura de nuestra élite) le preguntó a Whitaker con mezcla de asco y vergüenza suplicante: “¿No era mejor hacer eso por teléfono (...) y no que termináramos comparados con Guatemala y Honduras?”. La ofensa no viene por el reclamo falso e injusto de Trump, sino por haberlo hecho en público y comparándonos con dos de los pocos países que consideramos menos que nosotros.

Vuelvo a Argentina, nuestro coorganizador de Copa, el país con el que este parroquialismo acomplejado se exacerba. A modo de intuición, diría que esto tiene que ver con que es un país comparable en tamaño de población y economía, pero culturalmente muy distinto; distinto como muchos en Colombia quisieran que nuestro país lo hubiera sido.

Argentina, con su gran migración, siempre ha querido ser más europea que americana, igual a nuestra élite colombiana, pero con mucho más éxito. Si Bogotá es la Atenas suramericana que en nada se parece a Atenas, Buenos Aires es el París que en cambio sí se parece en algo.

Y los argentinos parecen intuirlo, y no ocultan la extrañeza de ver a unos mestizos que quieren ser blancos, en lo que muchos recibimos como rechazo soberbio de su parte. Lo que es peor, Colombia recibe este rechazo como una puñalada que se tuerce por la punzante envidia no tan secreta que sienten muchos de su europeísmo.

Encima de eso, son mejores en fútbol. Solo comparen a Messi y a James; a Maradona y al Pibe… por dios, hasta el Pibe tiene apodo importado de Argentina.

Pero últimamente ese sentimiento de inferioridad frente a Argentina estaba cambiando. Al mismo tiempo que Colombia viene solucionando sus problemas más grandes, ya sin grandes carteles ni grupos guerrilleros, con un crecimiento económico constante, Argentina en cambio sufre problemas económicos y sociales crónicos que hoy la tienen más cerca al subdesarrollo que Colombia. Solo un dato: mientras la pobreza urbana en Colombia cayó al 11 %, allá se trepó al 33 %. Y eso, por la proverbial soberbia que aquí percibimos de los argentinos, es un suceso que nos pone a debatirnos entre la revancha secreta y la solidaridad sincera.

En este contexto, el anuncio de que la Copa América va a ser compartida se sintió como una derrota. Mientras Duque salió a pedir la Copa y a ofrecer ventajas tributarias, Macri no hizo ninguna de las dos. De nada sirvió. Y si la final no se queda en Colombia, habrá que buscar psicoanálisis patrio para tramitar la nueva humillación.

Pero ni la final en Barranquilla sería solución segura para superar este complejo de inferioridad, ¡porque imagínense que fuera entre Colombia y Argentina! No, el asunto no se zanja con una Copa, hay que ir más allá. La recuperación de la autoestima pasa no solo por superar las limitaciones del síndrome Casas Santamaría, implica también una reimaginación de nosotros mismos en donde —tal vez en desmedro del realismo mágico— no exageremos tanto ni nuestras virtudes ni nuestros defectos; donde nos encontremos mejor con lo que somos, para poder estar más cómodos en el mundo.

@danielpacheco

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2019-04-16T02:00:56-05:00

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