Por: Klaus Ziegler

La cosmogonía de Occidente

De una singularidad, en un destello súbito de magnitud inconcebible, emerge el universo.

En una fracción de segundo aparecen las fuerzas fundamentales de la física, mientras el espacio asume proporciones celestiales a medida que se expande de manera vertiginosa. Transcurrido un minuto el universo hierve a más de diez billones de grados Kelvin y los elementos más livianos, hidrógeno y helio, comienzan a formarse. Tres minutos después ya se ha creado el 98% de toda la materia que ha de existir por siempre. El universo ha surgido en menos tiempo del que toma afeitarse.

El sentido común obliga a preguntarnos dónde ocurrió la explosión y qué había antes. La respuesta es que la palabra “antes” carece de sentido porque el tiempo aparece allí, en ese instante que los cosmólogos con cierta indiferencia llaman “t = 0”.  También es un error imaginar que todo se origina en una partícula primigenia infinitamente densa que un día hace explosión en algún rincón de un universo oscuro y vacío, porque ni siquiera hay vacío y la palabra “explosión” es sólo una metáfora: igual que el tiempo y la materia, las tres dimensiones espaciales también aparecen a partir de ese instante.

Todos los pueblos a lo largo de la historia han inventado narraciones que explican el origen del universo, fantasías literarias, historias infantiles de dioses antropomorfos que crean o destruyen el mundo. Pero la cosmogonía de Occidente es singular: ni siquiera puede explicarse en palabras. Es una compleja elaboración matemática que desborda la imaginación; y es además una teoría científica.

Uno de los principales soportes empíricos de la teoría es la existencia de la llamada radiación cósmica de fondo. En 1965, dos radioastrónomos que trabajaban para los laboratorios Bell en la instalación de una gran antena de microondas notaron la presencia de un ruido de fondo que parecía provenir de cada punto del cielo e interfería día y noche con las comunicaciones. Después de ajustar una y otra vez cada circuito, la interferencia persistía. Se llegó inclusive a pensar que aquel murmullo incesante era causado por el excremento de pájaros que ocasionalmente anidaban en la gran antena en forma de cuerno. Después se supo que aquel zumbido molesto era nada menos que el remanente de un cataclismo de proporciones inimaginables, transformado por el tiempo en un tenue eco de microondas.

Al menos el 1% de la estática que se observa en un televisor sin señal se debe a esa radiación. Sin que nunca lo hayamos advertido, una parte de esa danza errática de puntos luminosos que tantas veces hemos visto en la pantalla es el recuerdo mismo del instante de la creación.

 

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