Por: Arturo Charria

La cotidianidad entre las cosas de la guerra

La carta del fiscal general de la Nación a propósito de la lista de bienes entregada por las Farc está cargada de malas intenciones. Pues en la guerra hay cosas que se necesitan porque explotan, pero también hay otras, menos espectaculares, que son importantes porque garantizan la vida y la logística de los que combaten.

Sin embargo, al contrario de lo que piensa el fiscal, la lista es sumamente interesante, porque demuestra que en una guerra también son importantes esas otras cosas que no están hechas para el combate. Esa lista nos habla de la cotidianidad que tienen las confrontaciones armadas; porque la tropa también se enferma: le da dolor de muela, cólicos e indigestión.

En uno de los anexos están inventariados los “servicios sociales a la comunidad”: desde la construcción de carreteras hasta cirugías umbilicales y el “tratamiento de un paciente que recibió primeros auxilios por golpe de vaca”. Quizá esto molestó al fiscal, porque tasar estos recursos señala deudas históricas del Estado. En muchos territorios las Farc fueron la única autoridad que conocieron miles de colombianos: allí cobraron impuestos, administraron la justicia, al tiempo que cometían todos los excesos que un hombre armado puede cometer en nombre de la Ley.

La lista de bienes está perfectamente clasificada por frentes y resulta interesante observar cómo viajaban prácticamente con droguerías, misceláneas y ferreterías a cuestas. Al tiempo que evidencian el basto control territorial que tenían, porque entre la lista de bienes aparecen cerca de 250.000 hectáreas de tierra. El inventario entregado por las Farc nos permite tasar el costo de la guerra, sobre todo, si tenemos en cuenta que todos esos elementos se debían reemplazar para el funcionamiento de la tropa.  

Ahora bien, estos bienes no son suficientes para reparar a las víctimas. Pero tampoco lo serían diez veces más la cantidad declarada por las Farc. El presidente Santos reconoció hace pocas semanas que el Estado no está en capacidad de reparar económicamente a todas las víctimas que aún esperan su indemnización. Sin embargo, este inventario es un avance en relación con otros procesos de paz, en los que el tema jamás fue discutido.

Mientras el fiscal se encarga de revisar la lista de bienes entregada por la guerrilla, quedan para el análisis esas otras cosas miradas con desprecio por Néstor Humberto Martínez, esas que también nos hablan de la guerra, sin la espectacularidad con que estamos acostumbrados a mirarla: las agujas, las máquinas de coser, las sartenes, los colores y las lociones. Cada objeto tiene una historia por contar y ese inventario de la cotidianidad también es importante para conocer la guerra cuando los ejércitos no disparaban sus fusiles.

Hace poco le preguntaba a un excombatiente de las Farc por esas cosas que él cargaba consigo durante sus años de guerrillero, esas cosas que llevaba consigo durante las marchas. Me dijo que llevaba la casa a cuestas, como un caracol. Me habló de los libros de dotación, esos que lo enseñaban a conocer más allá de la manigua. Me contó de una carta escrita por su sobrina de siete años y que cargó durante diez años encima; perdió la carta en un asalto aéreo y con ella su moral. Una vez tuvo que dejar ir su morral porque atravesando un río casi se ahoga por la turbulencia, fue como si una creciente se lo hubiera llevado todo, incluido a él, que iba entre las cosas que vio desaparecer en la corriente.

Esos inventarios personales también resultan necesarios y hacen parte de la guerra. Son importantes de reconstruir para reconciliarnos, desde lo humano, con esos hombres y mujeres que decidieron dejar las armas.

 

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