Por: Mauricio Rubio

La creciente amalgama de víctimas

Laura Gil renunció a Blu Radio porque al parecer su jefe y un colega no la soportaban. Inmediatamente surgieron acusaciones de sexismo, acoso y misoginia.

La reacción de sumarla al paquete de víctimas de la violencia de género no tardó. Una conocida feminista comparó su situación con la de Pili, joven wayuu que en una película es encerrada durante doce lunas para el ritual de paso de niña a mujer. Menciona amenazas, azotes, bofetadas, lapidaciones, infibulación, escisión del clítoris y feminicido para concluír que “tanto en Laura Gil como en Pili está representada la eterna historia del encierro y silenciamiento de las mujeres”.

Si tal menjurje entre el percance laboral de una comentarista radial y las tradiciones de sometimiento femenino en un grupo indígena se propone sin sonrojo, cuando el suceso se relaciona con el deseo masculino la consigna es simple: sumar lo que se pueda bajo el rubro de violencia sexual.  

Para inflar el número de víctimas, las feministas norteamericanas empezaron magnificando el riesgo de violación. “Cada vez que un hombre se dirige a una mujer en la calle, ella debe contemplar la posibilidad de que la puedan violar" sentencia una de ellas en el Harvard Law Review en 1993. El activsimo funcionó y la amalgama se extendió. En el 2003 la Organización Mundial de la Salud incluyó en su definición de violencia sexual “los comentarios o insinuaciones sexuales no deseados”. El piropo se convirtió en “acoso sexual callejero” y actualmente un movimiento mundial busca incluírlo en los códigos penales. 

Recientemente, una encuesta sobre violencia sexual en zonas de conflicto contempla como ataque la “regulación de la vida social”, por ejemplo que el comandante paramilitar prohíba usar minifalda. Así, sumando peras con manzanas, se llega a un total de 490 mil víctimas de las cuales 176 mil fueron acosadas sexualmente y a 327 mil les reglamentaron la rutina. El dato aterrador con el porcentaje de mujeres víctimas de violencia sexual (17.6%) –que quintuplica el de las violaciones- queda listo para los titulares de prensa. 

Un informe del Grupo de Memoria Histórica considera violencia sexual la organización de una pelea de boxeo entre gays y califica un reinado de belleza de “violento evento”. 

Mezclar indiscriminadamente mujeres afectadas por incidentes de cualquier gravedad es un irrespeto: se banalizan las víctimas de violación, o aborto forzado. Además, al oscurecer el diagnóstico, el revuelto es contraproducente y dificulta la prevención de los ataques. Es tan pertinente como la renuncia de Laura Gil para entender las costumbres wayuu.

Referencias

 

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