La crisis

Se ponen de moda en los medios ciertos hechos, que cuando rozan el ámbito local pasan inadvertidos, pero si tocan lo ecuménico, causan preocupación. Es el caso de la crisis económica mundial que muchos anuncian y denuncian, pero que la mayoría de los lectores y oyentes no entendemos. ¿Cuál crisis, por qué, desde cuándo y dónde?

Que la economía mundial está en el borde de una catarata, y para que no se precipite al abismo, los gobiernos de todas las naciones le tienen que inyectar su presupuesto, que los grandes bancos extranjeros están en quiebra y hay que salvarlos, que las compañías constructoras de automotores y de rascacielos están quebradas, que se agotaron las arcas oficiales y las privadas necesitan refuerzos. A escala internacional se conforman asambleas con los potentados y gurús del poder financiero; se les ve preocupados, o al menos eso aparentan, implorando comprensión de quienes serán los afectados de esa crisis, que como siempre son los de abajo. No creo que las babélicas torres de Dubái o los fastuosos palacios del primer mundo tengan que ver en esto, ellos saben financiarse y el petróleo sigue costoso. Porque de la otra crisis, esta si fatal, la crisis planetaria, ya estamos más que convencidos. Era de esperarse que tendría que llegar una crisis de la economía; en el entorno cercano, por ejemplo, por más sólidos fondos de pensión reservados, uno se pregunta cómo pueden aguantar las enormes mesadas de los jubilados de alto rango, con el agravante de que cada día son más fraudulentas y cuantiosas; por más impuestos que se recauden, cómo puede alcanzar el presupuesto para cubrir la desmedida burocracia, civil y castrense, de países beligerantes, las gratificaciones ilícitas (coimas), los peculados y los sobornos, los gastos de alimentación, asistencia y alojamiento de tantos delincuentes que ya no caben en las cárceles.

No entendemos qué se hacen las multimillonarias ganancias de las empresas oficiales y privadas, el producto de las explotaciones minera, maderera, ganadera y pesquera, los espurios billones del narcotráfico y las pirámides, los megamercados legales y de contrabando, el trabajo cotidiano de campesinos y obreros, la valorización de tierras y semovientes, los escandalosos impuestos prediales, a maquinaria, electrodomésticos y demás alcabalas.

¿Dónde ocultan los culpables el vellocino de oro y será que el resto, ingiriendo menos y excretando más, nos blindamos de la crisis?

 Hernando Corredor Quintero. Villavicencio.

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