Por: Luis Carvajal Basto

La crisis de Bogotá

¿Cómo llegamos hasta aquí? Los responsables irresponsables.

Con el Contralor detenido, el Alcalde suspendido,  el Concejo en entredicho, en vísperas de denuncias anunciadas que comprometerían a sus miembros, y una sombra inmensa sobre  la contratación, lo menos que puede  cualquiera es preguntarse cómo fue que llegamos hasta aquí.

Y las respuestas no son complejas: la corrupción, la misma que ha permeado al sector de la salud y en general los contratos públicos en toda Colombia y que, no podemos olvidar, ejecutan privados, ha podido más que el marco legal y los mecanismos de control de  gestión.

Pero es el argumento de  ineficiencia o desidia  en el que se ha basado la procuraduría para sancionar al Alcalde, sentando de paso un precedente en la historia de la gestión pública en Colombia. Las encuestas respaldan la determinación  quedando la duda de si su sustento es jurídico o político, viniendo de un procurador oportuno y eficiente pero con fama de godo ultra que no se ha interesado en controvertir.

En cuanto al conjunto de normas que regulan el funcionamiento de la ciudad, en particular el estatuto orgánico luego de 20 años,  está claro que ya es obsoleto y debe, cuando menos, ser actualizado. Al contralor no lo puede continuar eligiendo un Concejo cuya coalición mayoritaria  es claramente influenciada por los Alcaldes a quien, en teoría, deberían controlar.

En relación a las circunstancias políticas debe observarse que a la sanción de la Procuraduría le antecedió una de la opinión que observó el desbarajuste de sus vías y se aterró, gracias a los medios, de la inercia administrativa y los escándalos de corrupción. No hemos visto en Bogotá una pugna política  y parece más bien una de contratistas insatisfechos que hasta ahora ningún partido ha cobrado por una razón sencilla: casi todos hacen parte de la coalición que ha gobernado. Aquí queda otra lección muy importante: en una sociedad informada la gobernabilidad no la garantizan solo los partidos y cada vez es más importante la opinión.

Observando el devenir de la ciudad nadie puede, sin embargo, asombrarse por lo que hasta hoy hemos conocido: no es mera coincidencia que la corrupción se instalara con tanta comodidad en una ciudad que reeligió no solo los esquemas sino al Partido de Gobierno, el Polo, que es ahora el gran perdedor y  no pudo escapar de los vicios y la influencia de la “vieja política” que algunos suponían debería superar.

Esa fue una oportunidad perdida para las fuerzas llamadas, por  costumbre, de izquierdas que tendrá consecuencias en el alineamiento político de los ciudadanos en las elecciones venideras. ¿Quién ocupará el espacio electoral que deja el Polo en Bogotá? Algunos que fueron, o participaron en los gobiernos anteriores, quieren volver.

Muchos deben pensar que si esa era la esperanza de transformación,  las cosas cambiaron, pero  para empeorar. El asunto    empezó en  la administración Garzón que le dejó a Moreno gran parte del presupuesto comprometido, incluyendo la fase tres de Transmilenio, un contrato billonario. Con unos ingredientes curiosos: el ex Alcalde Garzón, contrario a lo que ha sucedido con Moreno, no puede ser investigado por el Polo por que ahora es verde y puesto que al comenzar el escándalo del carrusel dijo que no era responsable de lo que hubiese firmado la ex Directora del IDU, hoy detenida. Como si la administración y las responsabilidades fueran una carrera de relevos. Dijo que no había firmado los contratos, como tampoco lo habrá hecho Samuel Moreno quien ha sido sancionado, en una demostración de que la Justicia no actúa a  veces con el mismo rasero o por lo menos, no simultáneamente.

Más recientemente, sin embargo, Garzón se ha  contradicho al señalar  en entrevista a Semana que “Este proceso de contratación no fue producto de la improvisación, sino parte de un cronograma…” reconociendo, por el contrario, que conocía y sabía.

No es pues casual que Bogotá llegara al lugar en que se encuentra, pero tenemos esperanzas: En entrevista al  Espectador  ayer, Gustavo Petro ha calificado a Garzón, con quien abandonó  la nave Polista   antes de  su hundimiento, como “uno de los mejores Alcaldes de Bogotá” y  el mismo ex Alcalde  ha manifestado que “Quiero mostrar que todos los políticos no son iguales, que no todos están hechos a imagen y semejanza del negocio y que la política es la máxima expresión del altruismo”, seguramente el mismo de los Nule y el de los dos últimos contralores de la Ciudad, ambos sancionados, incluido el que le correspondió a su administración. Claro que no son todos iguales, definitivamente hay unos mas ineptos, chistosos y avispados que otros, aunque de gestión pública, ética y responsabilidad, muy poco.

Les va a quedar difícil, más a Garzón que a Petro, desprenderse de sus responsabilidades, políticas y de diversa índole, en el caos a que llegó la ciudad.

La elección de un nuevo Alcalde dará la oportunidad de exorcizar las conciencias de los electores y, de pronto, de los partidos, pero no es una garantía de que superaremos la crisis. Sabemos si, que inseguridad, corrupción y restablecimiento institucional serán los temas de la campaña que se avecina. ¿Seremos capaces de escoger gobernantes más eficientes que embaucadores, oportunistas y no solo mediáticos?

 

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