Por: Humberto de la Calle

La crisis de la indiferencia

PUES CLARO QUE ES GRAVE LO QUE ESTÁ pasando con la horda de congresistas en la cárcel y el efecto que esto tiene sobre el sistema político. Hay partidos que, si no fuera por el malévolo sistema de suplencias —distinto a la versión original de la Constitución del 91—, ya habrían desaparecido.

Pero es todavía más grave la indiferencia con la que esta sociedad ha tomado la crisis del Congreso. Salvo la élite, los periodistas y uno que otro analista, la gran masa escupe insultos pero realmente no siente que el Congreso haga falta. Para ellos, podría cerrarse y no pasaría nada. Es casi irrelevante.

A ello se llega por varias razones. En primer lugar, los gobiernos (no sólo en Colombia) se han apropiado casi por completo del escenario político. Manejan mejor la comunicación. Son ágiles. Y la gran complejidad técnica de los asuntos públicos hace que monopolicen la información. Información es poder.

En cuanto a la tarea legislativa, el Congreso tiene serios competidores. Por un lado, están los reglamentos del Ejecutivo. Para la vida práctica, vale más una resolución de la DIAN que muchas leyes. Leyes hay demasiadas. Además, en buena medida, la tarea de crear normas jurídicas se ha desplazado hacia la Corte Constitucional. Coja cualquier ley antigua, sométala a la Corte y, por la vía de la modulación, tendrá una ley nueva. Y aun en casos no legislados, como la eutanasia, mientras haya un principio abstracto en la Constitución, la Corte le pone tren de aterrizaje.

El control político, uno de los papeles del Congreso, lo ejercen realmente los medios. Un periodista agudo pesa más que cien parlamentarios. Muchos debates en el Congreso apenas les hacen la segunda voz a los medios.

Por fin, el Congreso —y los partidos—, como punto de encuentro del pluralismo, viene cediendo terreno a favor de las ONG. Esta sociedad actual, segmentada y sofisticada, se agrupa más fácil alrededor de líneas de interés que de partidos ambiguos y fofos. ¿Quién me dice cuál es la diferencia entre Cambio Radical y el Partido de la U, dejando aparte los personalismos?

Súmele a esto el desprestigio bíblico del Parlamento y encontrará una receta prodigiosa para un nuevo constitucionalismo sin Congreso. En serio. No es broma. Hay que ir pensando en una nueva forma de representación en democracia. Y esto no sólo ocurre en Colombia, aunque, como en todo, aquí exageramos con la caterva de saltimbanquis que se asociaron con la motosierra para conseguir votos.

Bajo esa perspectiva, la reforma política en curso es importante, pero estratégicamente limitada. Además, adolece de insuficiencias notorias.

En relación con el punto nodal de la reforma, esto es, cómo extrapolar la responsabilidad individual de los congresistas para convertirla en responsabilidad de los partidos, creo que estamos enredados en fórmulas insatisfactorias. Eso de repartir los escaños entre los demás partidos, genera más bien incertidumbre. Y tiene cierto sabor de glotonería. Ahora los Honorables quieren que financiemos la totalidad de sus campañas.

Bastaría con eliminar las suplencias. Dejarlas sólo para el caso de falta absoluta por muerte o renuncia definitiva. Los congresistas que se van para la cárcel, simplemente no son reemplazados. Se disminuye el número de parlamentarios. Y punto. Cambia el quórum. Si un partido reduce su presencia en el Congreso hasta el límite del umbral, pues simplemente desaparece. Y ese día, todos aplaudiremos.

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