Por: Luis E. Giusti L.

La crisis del carbono

El asunto climático ha perdido protagonismo y todo parece indicar que el famoso Protocolo de Kioto simplemente no ha aportado nada y que igual ha fracasado el sistema europeo de intercambio de certificados de contaminación.

El calentamiento global de la atmósfera es un asunto ambiental muy importante. A lo largo de años ha sido objeto de gran interés y ha dado origen a intensos debates y conjeturas. Muchos científicos sostienen que los cambios climáticos ocurridos en décadas recientes son causados por la raza humana. El consumo de combustibles fósiles aumenta cada día, como respuesta a una creciente población y un mayor crecimiento económico. Al quemarse, dichos fósiles producen entre otras cosas dióxido de carbono, el cual se libera a la atmósfera. Se ha comprobado que el dióxido de carbono y otros compuestos contribuyen al calentamiento global, y se les conoce como “gases de invernadero”. La discusión central acerca del tema enfrenta a quienes exigen una reducción de los gases de invernadero y quienes exigen no olvidar que ha sido la presencia de dichos gases durante millones de años, lo que ha permitido que la tierra sea un lugar apto para la vida humana, la vida animal, los mares y los bosques, y sostienen que sus niveles son consecuencia de los ciclos normales del globo terráqueo.

Después de años de discusiones, el 11 de diciembre de 1997 se suscribió el Protocolo de Kioto, en Japón, el cual entró en vigor el 16 de febrero de 2005. Los gobiernos signatarios pactaron reducir en al menos un 5% en promedio las emisiones contaminantes entre 2008 y 2012, con referencia a los niveles de 1990. Aunque 187 estados suscribieron el Protocolo, EE.UU., el mayor emisor de gases de invernadero, no lo suscribió. Ese país fue duramente criticado por ello, pero la decisión del gobierno estadounidense respondió a la honesta posición de que USA simplemente no podría cumplir con los objetivos que se le exigían.

Tal vez lo más interesante del caso es que, con dos excepciones, ningún país de los que suscribieron el Protocolo podría cumplir con el compromiso. Las excepciones eran el Reino Unido, dado su compromiso desde hacía años con el programa de cambio a gas natural (conocido como “Dash for Gas”), y Japón, gracias a que en el momento llevaba más de una década sin crecimiento económico, lo cual le permitía cumplir sin hacer prácticamente nada.

Contra ese “telón de fondo” acaba de surgir un libro llamado The carbon crunch (La crisis del carbono), escrito por Deiter Helm, distinguido economista, profesor de política energética en Oxford y consejero especial del Reino Unido y la Comisión Europea. Comienza Helm por afirmar que la política climática liderada por la Unión Europea es un rotundo fracaso. Que las interminables conferencias y el famoso Protocolo de Kioto simplemente no han aportado nada y que igualmente fracasado ha resultado el sistema europeo de intercambio de certificados de contaminación. “Peor aún —sostiene Helm—, el asunto climático ha perdido prioridad como preocupación pública”. La admisión general de ese fracaso lleva a muchos a plantear que “hay que hacer algo para evitar el desastre”. Pero Helm se pregunta: “¿Cuál desastre? ¿Es acaso el cambio climático la amenaza que muchos pregonan?”. El público se ha tornado más escéptico en el asunto. No endilga Helm la culpa a los escépticos ni a ExxonMobil. Por el contrario, afirma: “las ONG verdes y muchos científicos del clima merecen mucha de la culpa, por sus frecuentes predicciones alarmistas y por presumir estar en lo cierto acerca de asuntos inciertos”. Helm sostiene que lo más probable es que el calentamiento global esté limitado al extremo inferior de los niveles de emisiones pronosticados, aunque admite que hay riesgos que no se deben correr. Al decir que tenemos que identificar y jerarquizar las causas reales del asunto, Helm afirma que “el primer villano es el carbón, el carbón, el carbón”. Helm no presume que una política climática será efectiva sin sacrificios. “Cualquier solución dolerá, independientemente del parloteo político”.

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