Por: Eduardo Sarmiento

La crisis mundial de alimentos

La elevación de los precios de los alimentos se ha presentado como un fenómeno imprevisto proveniente de causas desconocidas. Nada más equivocado. El alza de los precios de alimentos se observa hace más de tres años y sus causas son las mismas de siempre. Como se ha observado a lo largo de la historia de la humanidad, los bajos precios de alimentos son seguidos por altos precios.

La crisis de la agricultura tiene su origen en la globalización. Como lo señalamos en su momento, uno de los errores más graves de la apertura residió en la desgravación indiscriminada de la agricultura y en particular de los cereales. El sector se vio expuesto a una competencia que mantuvo los precios deprimidos durante varios años y propició la sustitución por otros productos de mayor facilidad e intercambio, como frutas y flores, y el traslado a los biocombustibles. Hasta 2004 la constante mundial fue el descenso de la producción de alimentos y su participación rápidamente decreciente en el producto nacional.

Este tipo de situaciones no son fáciles de sostener. El desencanto por los efectos negativos del libre comercio y las limitaciones para penetrar los mercados externos indujo a los países a buscar la expansión en el mercado interno mediante la moderación de la represión salarial y la aplicación de políticas fiscales y monetarias más laxas. La confluencia de la contracción de la oferta y la ampliación de la demanda provocó el alza de los precios de los cereales.

Estamos ante un nuevo fracaso de las concepciones de libre mercado. En las teorías de ventaja comparativa, que sirvieron para justificar las aperturas y ahora el TLC, se considera que las economías deben liberarse y especializarse en los productos de menores costos relativos. No han logrado superar el ejemplo clásico de libro de texto de Ricardo, en el cual Inglaterra debe especializarse en textiles y Portugal en vino. Así, los economistas neoliberales, recomendaban abandonar las siembras de cereales y sustituirlas por los cultivos tropicales, y predecían el área sembrada y la producción se incrementaría. No entendían que ese resultado no es cierto en un mundo en donde los cereales son abaratados por los subsidios de los países desarrollados y tienen un alto peso en el consumo interno. En tales condiciones, la protección significa la ampliación del área sembrada y redunda en más producción y mejores salarios. Basta una mirada retrospectiva para advertir que la expansión de la agricultura y de los cultivos transitorios se presenta en las épocas de alta tasa de cambio y elevados aranceles.

En realidad, el país nunca logró superar el desmantelamiento de la apertura. En los últimos dieciséis años el área agrícola descendió y la de los cereales lo hizo drásticamente. En esto se equivocaron todos los ministros de Agricultura y Hacienda. No advirtieron que los cereales, por los subsidios y la demanda especial, requerían una política selectiva y protección. Tristemente, no avanzaron más allá de pedirles a los agricultores abandonar los cultivos transitorios y concentrarse en las uchuvas y las hojas de tamal.

En un artículo reciente, el presidente del Banco Mundial revelaba la perplejidad de la evolución de los precios de los alimentos. Pero no hay nada nuevo en el horizonte. Como de costumbre, el alza de los precios es el resultado de la reducción de la oferta, ocasionada por los subsidios de los países desarrollados, la desprotección de los países en desarrollo y la promoción de los biocombustibles, y de la ampliación de la demanda proveniente de la reorientación de las economías a favor de los mercados internos. En cierta manera, estamos ante un ciclo propiciado por la globalización que en un principio deprimió los precios de los alimentos, los consumos internos y los salarios, y se manifestó en un exceso de ahorro sobre la inversión, que no era sostenible. Los esfuerzos de las economías para movilizar los ahorros sobrantes resultaron en déficit fiscales y alzas de salarios que revirtieron el comportamiento. En la actualidad el mundo se está moviendo en una situación opuesta que significa escasez de alimentos y elevación de los costos laborales que presionan la inflación mundial.

Curiosamente, el error se repitió en el TLC. El acuerdo acepta los subsidios de los países desarrollados y reduce los aranceles de Colombia. Si bien estos aranceles pueden no ser necesarios en el momento actual, su eliminación sería fatal para una política de largo plazo. De hecho, constituiría un incentivo para abandonar las siembras en las épocas de precios bajos.

Lo que se plantea, más bien, es un sistema de aranceles variables, que bajen cuando los precios son altos y suban en el caso contrario. Dentro de un marco de esta naturaleza, se habría evitado el desabastecimiento y las alzas de precios que amenazan con revivir la inflación, y contribuido a mayores crecimientos de la producción y el empleo agrícola.

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