Por: Paloma Valencia Laserna

¿La crisis política es síntoma de una crisis en la democracia?

En medio de la hecatombe política surgen criticas a la democracia; cuestionamientos sobre si los colombianos sabemos usarla, si ella se ajusta a nuestras realidades.

La pregunta en torno a cómo podemos modificar una clase política que desde hace tiempo y cada vez más viene alejándose de lo que muchos esperaríamos que fuera, es más compleja de lo que parece. El problema recae en la esencia misma de la democracia; en la manera como los colombianos escogemos los dirigentes.

Decir que el Congreso no nos representa significa que las elecciones no tienen ningún mandato de los ciudadanos, y que son simplemente un proceso de compraventa de votos. De ser así, lo mismo daría suspenderlas definitivamente y hacer subastas de los cargos públicos. Visto de esta manera, es evidente que consideramos que en las elecciones hay algo más que transacciones monetarias o meros juegos de maquinaria política. Aunque es difícil identificar las razones por las que los colombianos elegimos los gobernantes que tenemos, hay en estas elecciones más que sólo dinero.

Una primera mirada sugiere que las preferencias de los votantes cambian de acuerdo al estrato socioeconómico; entre más bajo el estrato, más tangible e inmediata debe ser la contraprestación que ofrece el político. El dinero en efectivo para los más pobres; puestos para los lideres que reúnen las comunidades, obras para las clases medias y buen criterio para las más altas. Este es tan sólo un lado del asunto; están también los pobres que atienden liderazgos carismáticos de políticos que les hablan y los llenan de ilusión, de aquellos que cargan a los niños durante los bautizos o que les sirven como intermediarios frente a este Estado nuestro que tiene siempre las puertas cerradas para los que más lo necesitan. Están también los grandes contratistas, los industriales y los grandes capitales que buscan un político que se comprometa a gestionarles los negocios, a concederles los contratos, los contactos, las prebendas.

Hay zonas de Colombia plagadas de violencia donde los alzados en armas imponen su criterio, y sin embargo, hay en esos mismos municipios votos rebeldes que todavía persisten en expresarse contra la fuerza. También los hay desinteresados y cansados del esfuerzo nacional, porque no se sienten parte de esta nación y porque no creen que su voz haya contado nunca y prefieren –después de todo- mantenerse marginados.

Este recorrido sirve para mostrar que el ejercicio democrático es tan confuso y caótico como suponemos, pero tiene además una esencia valiosa y profunda. Parece, a veces, que muchos colombianos votan sin comprometerse en el acto. Tal vez los colombianos eligen con intereses de plazos cortos. Votan como se llena una encuesta de servicio sobre un restaurante a que no se planea volver; votan como si esa decisión no tuviera injerencia en su vida; tal vez porque no la tiene, tal vez porque no desean que la tenga, tal vez porque nos hemos acostumbrado al caos, y preferimos no salir de él. Emitir un juicio sobre cómo o por qué los ciudadanos votan como lo hacen es casi imposible, pues la motivación es tan diversa como diversos los habitantes. Sin embargo habría que aceptar que la legitimidad de los elegidos existe. Es difícil identificarla y a veces entenderla; parece que no hemos descubierto cuáles son las prioridades que mueven a los votantes. Acaso desde las alturas especulativas debemos reconocer que no somos capaces de descifrar las prácticas que pretendemos criticar.

Con esto no quiero justificar a los políticos, pretendo sólo resaltar el poder de la democracia; que aún en sus peores momentos es capaz de mantener un valor intangible que no se disuelve, a pesar de la contrariedad que el pueblo tenga frente a los gobernantes la legitimidad del voto no se desvanece. La democracia sigue soportando al aparato estatal con el alma viva del pueblo que lo elige.

@PalomaValenciaL

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