Por: Eduardo Sarmiento

La crisis y el empleo

Las reformas de los últimos veinte años se han orientado a facilitar los despidos.

Recientemente se percibe un gran despliegue en los círculos influyentes por el comportamiento del mercado laboral. Se dice que la capacidad de generación de empleo se ha reducido por los altos costos laborales, y se recomienda bajar el salario mínimo y desmontar los parafiscales.

Uno de los componentes dominantes del Consenso de Washington ha sido la flexibilización laboral para permitir que las remuneraciones sean determinadas por el mercado y la competencia internacional.

Las reformas de los últimos 20 años se han orientado a facilitar los despidos, facilitar las contrataciones temporales, reducir las compensaciones por las horas extras y dominicales, autorizar las cotizaciones de la salud y la seguridad social, debilitar la acción sindical y ajustar el salario mínimo por debajo de la productividad.

La represión jurídica tiene una clara materialización. El salario mínimo creció menos que la productividad, la participación del trabajo en el PIB descendió y la distribución del ingreso empeoro.

Tristemente, los mismos autores y proponentes de la paliza son los que atribuyen la baja capacidad de generación de empleo a los costos laborales. Más aún, varios de ellos son responsables de la última reforma laboral, la cual se justificó con el argumento de que el desmonte de las compensaciones por horas extras contribuiría a generar 600 mil empleos adicionales durante la primera administración Uribe. Como lo confirman todas las evaluaciones serias sobre la materia, el compromiso se incumplió en forma total.

La explicación es muy distinta. El debilitamiento del empleo viene del Consenso de Washington. Las aperturas comerciales y la globalización propiciaron una estructura en donde las empresas no buscan especializarse en los productos finales sino en los componentes. Así, la participación de las importaciones en las exportaciones ha aumentado y el sacrificio de salarios para competir en los mercados internacionales se acentúo.

Por otra parte, el predominio de las privatizaciones y de la inversión extranjera propició un ambiente especulativo en donde los agentes económicos ingresan capital, generan revaluación, presionan la valoración de los activos, y al final retiran más de lo que entra. En fin, se configuró el típico modelo que eleva la productividad a cambio de desplazar mano de obra.

Es precisamente lo que se observa en la industria y la agricultura desde que se implantó la apertura. Entre 1994-2000 el desempleo aumentó sistemáticamente, la relación empleo-población entró en un proceso de descenso y el crecimiento se manifestaba cada vez en menos puestos de trabajo. La situación más ilustrativa se dio en la bonanza 2005-2007. No obstante que la economía creció por encima del 6% y se acercó a los ritmos de los países asiáticos, el desempleo no vario significativamente y la ocupación evolucionó sistemáticamente por debajo de la población.

Claro está que la crisis mundial y la recesión tendrán serias repercusiones sobre el empleo. Ahora, a la destrucción de éste inducida por la globalización, se agregará la cuenta de cobro por concepto del desplome de la producción y la ampliación del déficit en cuenta corriente. En efecto, la tasa de desempleo ascenderá al final del año a 14%.

La síntesis es clara. La apertura y la globalización configuraron un perfil de desarrollo que eleva la productividad a cambio de desplazar la mano de obra, el cual es liderado por burbujas especulativas que valorizan el capital a expensas de contraer el salario.

En las fases de expansión experimentan aumentos en la productividad que desplazan la mano de obra y alzas de los precios de los activos que deprimen las remuneraciones laborales y no son sostenibles. Contrario a todas las teorías de crecimiento neoclásicas, los buenos desempeños son augurios de debacles; en la fase de contracción la actividad productiva cae aceleradamente y las empresas sólo pueden sobrevivir recortando masivamente el empleo y dejando de pagar las deudas. El balance es lamentable. En los veinte años de funcionamiento del Consenso de Washington, la economía colombiana creció al ritmo más lento del siglo, a tiempo que arrojó las mayores tasas de desempleo y el menor avance de la ocupación desde que existen cifras registradas.

El panorama negro del empleo resulta de factores estructurales que no pueden superarse con medidas puntuales, y menos con la represión laboral. La mitad de la solución surge del diagnóstico. Es indispensable detener la sustitución de empleo por importaciones, levantar la actividad productiva y entrar en un sendero de alto crecimiento sostenido.

Los tres propósitos están condicionados a un cambio de modelo orientado a darle prioridad al mercado interno mediante la ampliación del déficit fiscal, la orientación del crédito, la intervención en el tipo de cambio, la revisión arancelaria, el alza del salario mínimo y la baja selectiva del IVA.

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