Por: María Antonieta Solórzano

¡La crueldad es ideológica, la compasión, no!

Creamos interpretaciones de lo que nos sucede, ya sea un evento simple o complejo y, según el talante de estas explicaciones, actuaremos con humildad o arrogancia, ira o comprensión, crueldad o compasión.

Entonces, si por ejemplo entendemos que la vida es una cruzada haremos sacrificios, renunciaremos a todo con tal de llegar a la meta, ya sea esta el Santo Grial o la liberación de un país. Sucede que “los cruzados” no se detienen, arrasan lo que se interponga entre ellos y su meta. En sus códigos el fin justifica los medios.

Cuando la existencia se nos antoja como una aventura caminaremos entre la sorpresa y el riesgo. Lo estable lo vemos como la aburrición misma.
O cuando imaginamos el mundo como un campo de batalla, lo que nos pasa con los demás será entendido en dos categorías: aliados o enemigos. Desde luego, a los enemigos se les aplicará la dureza o la crueldad que corresponda a su peligrosidad y a los aliados la condescendencia que garantice que sigan junto a nosotros.

Pero, en cambio, si la vida es para nosotros un espacio de aprendizaje acerca de nuestra misión y del lugar que ocupamos en el universo, el otro será un maestro y cada situación una oportunidad para la trascendencia. La adversidad se percibirá como un ejercicio de serenidad y búsqueda, y la ventura como una oportunidad para la gratitud y la generosidad.

En la actualidad la explicación más común de la vida es la combinación de cruzada y batalla. En este escenario surgen las interpretaciones que hacen del castigo y la crueldad un manera legítima de vivir lo íntimo y lo público, de corregir errores y de derrotar enemigos.

No es extraño, entonces, que oigamos miles de historias acerca de los horrores perpetrados por los humanos y que lleguemos a concluir que así somos por naturaleza. Pero no, ese es precisamente el resultado de una ideología que al legitimar el poder sobre los otros propone que acciones como vencer, castigar, arrasar desde la venganza y la crueldad son justificables.

Es crucial decidir si este es el legado que queremos para nuestros hijos. Y, si optamos por convivir, en lugar de destruirnos, es necesario hacer un alto en el camino, notar en qué clase de seres nos convertimos cuando las narrativas de la batalla y la cruzada nos gobiernan.

Y, entonces, atrevernos al difícil camino de la compasión que nos pide ser grandes para acompañar al equivocado a corregirse, al herido a sanarse, al débil a fortalecerse y, lo más difícil, a convertir al enemigo en un interlocutor con quien aprender a perdonar hasta reconstruir la confianza.

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de María Antonieta Solórzano

Y donde estaba la madre cuando…? 

Me declaro “culpable”, honro el feminismo