Por: Rocío Arias Hofman

La cruz

EN OCCIDENTE, EL SÍMBOLO DE la cruz ligado a la doctrina cristiana se muestra inexorable. Tanto, que resulta difícil disociar los dos palos cruzados que conforman la primera, de la trágica muerte de Jesucristo que preconiza la segunda.

No tengo escapatoria a pesar de mi agnosticismo. Sucumbo ante la imagen de la cruz como una herida abierta. Veo desfilar los rostros macilentos de tantos Cristos y se me olvida que no creo en ellos. Miro una y otra vez las gotas de cera roja que los salpican y me dan ganas de sacar el pañuelo para darles un respiro. Tregua en medio de tanto suplicio.

La cruz para recordar el padecimiento y el sacrificio. Arrastrar la cruz, levantar la cruz, clavar en la cruz, llorar al pie de la cruz. Ser Magdalena y María, Jesús y los ladrones, romano y cristiano, antes y después. En plano cerrado la cruz se intuye como duro cabecero sobre el que se apoya la cabeza coronada de espinas. Si la vemos en contrapicado, la cruz se yergue altiva e inalcanzable, apuntando al cielo gris. Cruz como anticipo del fin. ¡Qué cruz!, dicen las señoras para dar una idea de la carga innombrable que les toca. “¡Que me cambien de cruz!”, exigía enfadado uno de los actores de la genial película La vida de Brian, durante su hilarante crucifixión en el monte de los Olivos. En Bogotá hay un barrio bien sufrido que lleva por nombre Las Cruces. Sus habitantes saben bien de soportar fardos gruesos en la vida.

El contagio es colectivo y masoquista. A los niños acostumbraban a regalarles en su primera comunión una cruz de oro para colgar al cuello, como anticipo de lo que podría sucederles si la gula estilo Madoff les llegara al cuello. En los prados siembran cruces y nacen camposantos. Hubo dictadores que gustaron poner a sus enemigos vencidos a levantar gigantescas moles de cemento en forma de cruz como castigo terrenal para algo tan divino. Hay lugares en los que ya se sabe que la muerte acecha y las cruces se pintan en las paredes y sobre el asfalto. Así todo el mundo entiende, concluyeron en muchos pueblitos de Colombia.

¿Hay algo más fatídico y extendido que la cruz? Los hidalgos castellanos de rostros azules y alargados que pintaba El Greco sostenían una cruz entre los dedos flacuchentos. Ni lentejas tenían para comer, pero no vendían ese pedacito de oro por nada del mundo. Los cruzados fueron unos señores que llevaban bajo sus pesadas armaduras el símbolo por el cual mataban y se hacían matar. El que quiera algo realmente kitsch, que cuelgue una cruz sobre la cama. Desde Marilyn Mason hasta la Aguilera, pasando por la impajaritable Madonna, hay un reguero de cruces bailoteando en mejillas, caderas y ojales. No importa ya para qué sirve. En todo caso, significa mucho más de lo que es. Como acaba sucediendo con los verdaderos símbolos. Técnicamente hablando, la cruz es portentosa porque se ha convertido en una marca insuperable. Basta comprobar cómo en estos tiempos de exigente mercadeo, en que la oferta supera con creces lo que nuestras consumidoras existencias pueden soportar, la cruz se conserva tan terrorífica y castigadora como lo fue para el pobre Jesús hace más de dos mil años. Que cada cual cargue, pues, su cruz. Amén.

 

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