Por: Eduardo Barajas Sandoval

La cuarta guerra de Irak

A caballo sobre dos países que quiere controlar, el naciente “Estado Islámico de Irak y el Levante”, émulo de Al Qaeda, agrava la precaria situación del Medio Oriente.

En Irak las cosas no quedaron bien arregladas. Las dos guerras lideradas por los Estados Unidos apenas sirvieron para desbaratar el país. La tercera guerra, de fuego lento, no ha conducido a ningún orden respetado por todos. La cuarta guerra, que en realidad es la enésima en ese territorio antiquísimo, comenzó el año pasado con la irrupción de un ejército irregular de Suníes, que se autodenomina Estado, y lleva un impulso tal que si no lo detienen ya mismo podría imponer su orden en el país y al mismo tiempo sembraría el desorden en la región.

Las oscuridades del régimen de Sadam Hussein parecían a ojos de muchos lo peor, pero su molde de dictador, qué desgracia en todo caso para Irak, mantenía cerrada una caja de Pandora que se vino a abrir con el reiterado error norteamericano de tomarse por la fuerza el país, con la vana ilusión de establecer allí un sistema político a la occidental. Después del acto de exhibicionismo de las invasiones bárbaras de “los aliados”, que terminaron en un fracaso disfrazado, Irak quedó convertido en un campo abierto a todas las opciones, para que prevalezca quien sea más fuerte y destructor.

Si no fue posible producir estabilidad con la intervención extranjera, en realidad derrotada al no conseguir sino el primero de sus objetivos, que era el de sacar del camino a Sadam con el argumento peregrino y falso de que tenía armamento nuclear, mucho menos ha sido posible hasta ahora que los propios iraquíes se las arreglen para organizar un tipo de Estado y de sociedad que viva al menos en paz.

Agravada la situación por la tragedia de Siria, quedó el camino despejado para que surgiera una especie de nuevo poder, armado, financiado primero desde el exterior y ahora con recursos petroleros en sus manos, que mira la región por fuera de los parámetros hasta ahora existentes, es decir sin respetar límite alguno en ningún sentido, y que se proclama campeón de la causa de un estado islámico riguroso que agruparía, bajo la ortodoxia Suní, a los miembros de esa comunidad musulmana en la región. Con un inconveniente mayor como es el de la condición mayoritaria de los chiíes en el propio Irak, cuyo Primer Ministro Nouri Maliki pertenece a esa agrupación, reprimida bajo el régimen de Sadam, que ahora deja por fuera a los suníes y es una de las causas del levantamiento.

La índole y el poder de ese ejército irregular, que avanza victorioso y se encuentra ya cerca de Bagdad, luego de consolidar sectores en territorio sirio y conquistar pozos petroleros a ambos lados de la frontera y capitales provinciales iraquíes, tiene que resultar preocupante desde Turquía hasta Afganistán. Siria podría resultar dividida. Los kurdos, repartidos bajo varias soberanías, hallarían una vez más la ocasión de intentar la consolidación de su vieja pretensión de unidad nacional. Irak cambiaría definitivamente de tono o resultaría dividido luego de una guerra civil, si las milicias chiíes que comienzan a movilizarse se enfrentan a la fuerza que acaba de irrumpir. Irán se siente obligado a reaccionar ante el peligro que afecta a los musulmanes chiíes, que son los de su bando, donde quiera que estén. Jordania figura en la lista de las nuevas acciones. Y naturalmente Israel se debe preparar una vez más para cualquier arremetida en su contra, así sea en el mediano plazo, pues el único factor que une a la mayoría de los anteriores es el inaceptable desconocimiento de todos ellos al derecho que el Estado judío tiene a existir.

Se dice que Abu Bakr al-Baghdadi, el jefe de ISIS, la sigla con la que se presentan los irregulares, es una especie de guerrero cruel e implacable, que se considera sucesor de Bin Laden, aunque es rechazado por muchos militantes de Al Qaeda. Que es carismático y atrae a los jóvenes ávidos de aventura y a musulmanes de la Gran Bretaña, Francia, Alemania, los Estados Unidos y el Cáucaso, que se han sumado a sus filas. Que se entrenó en la resistencia contra las fuerzas occidentales y tiene claro su proyecto político de consolidar un estado confesional de rigurosa militancia islámica, como ya se puede apreciar en las zonas donde ha conseguido control. Y que es hoy por hoy el representante más caracterizado de esa versión violenta de la Yihad que se aparta de las características espirituales de la lucha original por ser mejor y hacer el bien.

¿Quién será el árbitro de esta nueva disputa, o el amigable componedor de un problema que ya tiene movilizados a miles de combatientes y ha producido el desplazamiento de los habitantes de aldeas y ciudades enteras, o la rendición de tribus y comunidades diversas que no pudieron huir pero están condenadas a vivir como les toca y no como quieren? Una vez más se pone en evidencia la precariedad del orden internacional y la falta de músculo de las instituciones y también de las potencias de hace un tiempo, que todo lo que han hecho, particularmente en esa región, es desatinar.

 

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