Por: Héctor Abad Faciolince

La cucaracha, la cucaracha...

Recuerdo como si fuera hoy cuando una de mis 15 hermanas llegó a mi casa como loca a las seis de la mañana. Le temblaban las orejas, tenía el pellejo erizado y los ojos rojos de haber llorado toda la noche.

Pensé que el marido la había amenazado con el cuchillo de la carne. Pero no. “Tengo que hablarte de...” y aquí dijo el nombre de uno de mis sobrinos, que pudo ser Cami o Riqui, en fin, algún hipocorístico con i de los que ponen a sus hijos las familias antioqueñas. Resultaba que ella había descubierto que Cami (o Chiqui o Juanchi o todos juntos) estaba fumando mucha marihuana. “¿Eso es todo?”, le pregunté. “¿Y te parece poco?”, gritó. Le dije que era una bobada, que lo dejara fumar tranquilo.

Han pasado 20 años y desde entonces Cami (o Pachi o Dani) no ha dejado de meter marihuana, lo cual no le ha impedido ser Ph.D. en matemáticas, resolver problemas y dar clases en las más prestigiosas universidades; o hacer microcirugías perfectas de los párpados; o ser el mejor jugador colombiano de polo; o manejar plata ajena en los bancos sin robarse ni un peso; o cocinar la mejor cerveza del país, que alguna cosa de esas es la que hace mi sobrino marihuanero.

Resulta que la mitad del problema de la marihuana es el escándalo, el moralismo ridículo de los republicanos gringos y los godos locales. El otro día Klaus Ziegler —gran columnista— comparaba los efectos dañinos de las distintas sustancias recreativas que usamos para alterar nuestra percepción. Resumiendo hallazgos científicos concluía que la marihuana era mucho menos adictiva, menos dañina para terceros y representaba menos daños al consumidor que el alcohol o el tabaco, esas drogas tan aceptadas que hasta las dan en misa y las sirven en los homenajes al procurador. Dirán que el que empieza en marihuana sigue con heroína y acaba atracando en la calle; pues no, así como el que toma vino no sigue con ron, luego con ajenjo y termina tomándose la loción del papá. Lo que puede pasar en casos excepcionales no puede ponerse como regla. Incluso a la larga, la marihuana hace menos daño que el trago.

En las últimas semanas he estado encerrado en un retiro para escritores que hay en las afueras de Florencia, en Italia, al que invitan a escritores de todo el mundo. Uno de mis compañeros de esta temporada es el gran explorador y antropólogo canadiense Wade Davis, que viaja siempre, adonde quiera que vaya, con una provisión de hojas de coca y las va mezclando en su boca con un polvito blanco que lleva en un poporo de la Sierra Nevada y que es simplemente bicarbonato de sodio. A veces me regala, para hacerme caminar más rápido, y me ha recomendado que para liberarme de todas las angustias de la escritura, consuma siempre buenas cantidades de estas hojas apelmazadas en el carrillo, mezcladas con bicarbonato. Sin ellas, asegura, él no habría podido escribir ninguno de sus libros, que han vendido centenares de miles de ejemplares. Davis defiende la legalización de la marihuana.

Todo esto viene a cuento porque esta semana se hará la Marcha Mundial por la Marihuana, que invita a todos los consumidores de cannabis a salir del clóset, a que declaren que ellos son tan normales como los consumidores de vino o de aspirinas. En Bogotá van a marchar por el derecho a consumir libremente cannabis el próximo 4 de mayo y saldrán a las 11 a.m. del Planetario. Aunque su afiche está desenfocado, pues representa a un muchacho medio salvaje, de gafas oscuras de paraco y uñas verdes, y lo que debería haber es un gerente de corbata, o un profesor de física, creo que quienes a veces fumamos marihuana y no por eso somos locos ni cretinos, debemos apoyar a estos muchachos.

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Héctor Abad Faciolince

La guerrilla virtual

Masas migrantes, apátridas

Región salida del mapa

Asesinato de un periodista

Educar y educarse