Por: Javier Ortiz

La cuerda escarlata

La cuerda escarlata con la que la excongresista Aída Merlano se escapó hace un par de días de un consultorio odontológico en el norte de Bogotá, luego de haber sido condenada a 15 años de prisión, es el símbolo —otro— de una realidad nacional que asusta y avergüenza. Una mancha más sobre el vestido de la nación que de tantas que lleva encima parece un traje para una comparsa de carnaval. Antes estuvo el cianuro. Ahora, el exfiscal involucrado en aquel escándalo, que se atornilló en su puesto hasta que encontró una coartada para renunciar haciéndose el indignado, publica un libro. El título habla de “dos caras”, pero no es autobiográfico. Aquí hay una vocación histórica del uso de locuciones latinas, pero el mea culpa poco se usa.

¿Desde cuándo nos convertimos en esta cosa vergonzante y risible? ¿Desde cuándo se naturalizaron las formas mafiosas de afrontarlo todo? ¿Hemos sido así desde siempre? Más atrás también hubo símbolos para ilustrar la vergüenza: “Aquí, defendiendo la democracia, maestro”, dijo un coronel del Ejército antes de entrar a fuego al Palacio de Justicia y fundar una memoria de muertos y desaparecidos; un narcotraficante que administró su propia reclusión en una cárcel de lujo que él mismo mandó a construir; seis cajas de cartón repletas de dinero para financiar una campaña presidencial envueltas en papel de regalo color fucsia; un par de botas de faena al revés calzadas en los pies de un muchacho muerto que “seguro no estaba recogiendo café”; un guerrillero que mata a su compañero, le corta una mano, la lleva a las autoridades y el Gobierno le paga la recompensa…

Ahora los símbolos de la vergüenza se expresan en fotos. El líder de la oposición venezolana, a quien Colombia y muchos países reconocen como el mandatario legal de esa nación, se apoya en un grupo paramilitar colombiano para cruzar la frontera. Por supuesto, los Rastrojos, fieles al estilo de la mafia, toman fotos como seguro y garantía ante una hipotética subida del político al poder: “Recuerda que me debes un favor”, solía decir Vito Corleone. La última: para mostrar el apoyo de la “dictadura del gobierno de Venezuela” a los grupos guerrilleros colombianos, nuestro Gobierno ilustra un informe presentado nada más y nada menos que ante la ONU con fotografías que no corresponden al espacio geográfico al que se refieren. Usar pruebas falsas para hablar del carácter ilegal de otro gobierno es caer en la misma situación de ilegitimidad que se pretende denunciar.

Estas formas tan cotidianas que el país tiene de coquetear con las maneras mafiosas asustan. Asustan porque no hacen parte de la marginalidad, sino que están encarnadas en el centro del poder legal y de las mismas dinámicas de la representación política. Y, por supuesto, lo de la fuga de esta mujer va más allá de unos guardias, un odontólogo y un motorizado cómplices. Esto va de la dirección del Inpec hacia arriba, pero sabemos que en este país las cuotas de responsabilidad son más cortas que la cuerda que usó para fugarse desde un tercer piso: “Prendió su motoneta, y te marchaste con el mono, del jean, el overol y la chaqueta… por eso, tú eres…”.

Sé que a muchos les choca que se hable del país con pesimismo, pero a veces no hay otra. Sobre todo, cuando tenemos ejemplos suficientes para darnos cuenta de que en esta nación los poderosos siempre han tenido la oportunidad de evadir de cualquier modo la justicia, de quitarse la soga del cuello y con ella misma escaparse.

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2019-10-03T00:00:11-05:00

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La cuerda escarlata

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