Por: Daniel Pacheco

La cuestión bélica

Para ser un país que ha librado la guerra por tanto tiempo, es curioso que la discusión sobre una posible intervención militar en Venezuela ocurra en Colombia de una manera tan irreflexiva.

Es irreflexivo el pacifismo que no admite que en ciertas situaciones, bajo condiciones precisas, la guerra librada de cierta manera puede ser una herramienta útil para aliviar el sufrimiento que todo el mundo reconoce está produciendo la situación venezolana, no solo en Venezuela, sino también en Colombia. Es irreflexivo también el militarismo que asume que cualquier guerra, sin importar las condiciones o la manera, es la única vía para llegar a una solución en Venezuela.

Empecemos por reconocer que la guerra puesta al servicio de la política fue una de las condiciones necesarias para lograr el Acuerdo de Paz con las Farc en Colombia. Eduardo Pizarro, en su último libro De la guerra a la paz, elabora un argumento detallado para mostrar cómo el Plan Espada de Honor de las Fuerzas Militares estuvo articulado explícitamente a los intereses de la negociación política con las Farc, dejando de lado la idea de la “guerra total” para eliminar al “enemigo absoluto” que primó durante los gobiernos de Álvaro Uribe. A diferencia del Plan Patriota de Uribe, Espada de Honor no tenía como objetivo la eliminación de la guerrilla sino la desarticulación de su mando central.

Así describe Pizarro la estrategia de Santos: “Era la hora de hacer un viraje en el camino. Una estrategia de objetivos limitados no es per se un gesto de debilidad o de impotencia. Todo lo contrario: puede ser la forma más adecuada en algún momento para terminar una guerra. En el caso de Colombia era, ante todo, un acto de realismo político: el conflicto armado, aun con una guerrilla desgastada (…), podía prolongarse todavía por años, con todos sus costos humanitarios y su impacto negativo para el desarrollo socioeconómico del país”.

Esto para decir que en nuestra historia reciente, en la historia que desembocó en la paz con las Farc, hay una cantidad de lecciones sobre cómo la guerra fue usada de manera calculada y calibrada para lograr objetivos políticos. Si bien frente al tema venezolano está en juego un teatro de operaciones —para usar la jerga—de una magnitud que el país nunca había vivido, donde hay consideraciones geopolíticas y diplomáticas de otras magnitudes, sería necio descartar con frases de cajón guerreristas o pacifistas el hecho de que “están todas las opciones sobre la mesa”, en las palabras del presidente de EE. UU. y en el silencio del presidente Duque.

Lo que no puede pasar es que en este momento álgido de política internacional en el que se encuentra Colombia repliquemos los errores cometidos por la mala interpretación que, según Malcolm Deas (quien hace un generoso prólogo del libro de Pizarro), le dio el país a la doctrina Lleras. Mala interpretación que desembocó en “la profunda ignorancia y pereza de los civiles en analizar temas de seguridad”.

Porque al final, los peones más dóciles —para el imperio, para el chavismo, para el Gobierno o nuestros propios militares— no son los débiles, sino los perezosos e ignorantes.

@danielpacheco

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2019-02-19T00:00:54-05:00

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