Por: Arlene B. Tickner
En tiempo de elecciones

La cuestión internacional

Lamentar que los temas de la política mundial no figuran en las elecciones colombianas se ha vuelto costumbre (mía) cada cuatro años. Como se observa en su papel marginal en las agendas programáticas de los candidatos, así como en los debates presidenciales, este ciclo electoral no es la excepción. En medio del desinterés habitual, la falta de reconocimiento del vínculo que existe entre el proceso de paz y el desarrollo exitoso de la política exterior es especialmente preocupante en la actual coyuntura. Quiéranlo a no, la paz se ha convertido en un poderoso vehículo para fortalecer el estatus de Colombia y sus relaciones con otros países y agentes multilaterales. A su vez, los ojos de muchos académicos, ONG, gobiernos e instituciones internacionales están puestos en Colombia como un “modelo” para estudiar, acompañar y hasta replicar. De la misma forma que el discurso antiterrorista de Uribe nos alejó de nuestros vecinos latinoamericanos, Europa y Naciones Unidas, un gobierno adverso al Acuerdo de Paz, dispuesto a eliminar aspectos centrales de éste e indispuesto a negociar con el Eln —como ocurre con Duque y, tal vez, Vargas Lleras—, cerrará puertas recién abiertas y podrá afectar la inversión extranjera y el turismo.

Similarmente, un gobierno renuente a acatar los fallos de la Corte Internacional de Justicia —que estudia dos demandas nicaragüenses por violación colombiana de las zonas marítimas delimitadas en su fallo de 2012 y reconocimiento de una plataforma continental extendida en el Caribe— verá socavada su legitimidad en el mundo. El argumento de Santos de que el fallo es inaplicable sólo permitió que él postergara la toma de decisión y heredara este espinoso tema al que sigue. Entre el silencio general de los candidatos, Fajardo es el único que ha afirmado que hay que respetar la legalidad internacional, mientras que Duque ha dicho que no aceptará ninguna decisión de la Corte ni cederá un milímetro de territorio.

En contraposición al discurso patriotero frente a Nicaragua, en lo que concierne a Estados Unidos no se observa polémica alguna con usar la extradición para complacer a Washington. Con excepción de De la Calle, nadie ha cuestionado la deseabilidad de extraditar a Santrich de cara al proceso de paz y el derecho de las víctimas a la verdad. En lo que respecta a drogas ilícitas, Duque espera recuperar el tutelaje estadounidense mediante la reanudación de la fumigación aérea de los cultivos y la repenalización de la dosis personal —posición que comparte Vargas Lleras—, mientras que Petro, De la Calle y Fajardo ven en la transformación rural y el tratamiento del consumo como asunto de salud pública, un camino más idóneo.

En cuanto a Venezuela, la crisis interna del vecino país, la expulsión de migrantes hacia Colombia y el reacomodo del crimen organizado en la frontera —por no nombrar la que nos une con Ecuador— reclaman políticas audaces sobre las que poco se ha hablado, más allá de la “firmeza” y el control migratorio prometidos por Duque y Vargas Lleras, el acompañamiento extranjero que buscarán Fajardo, Petro y De la Calle, y la atención humanitaria —entre restrictiva y amplia— que anticipan todos.

La cuestión internacional no es un simple accesorio —como sugieren unas propuestas pobres en profundidad e ignorantes en casos como el de abrir sede diplomática en Jerusalén—, sino que es determinante para nuestros objetivos como país. Para la segunda vuelta, al menos, hay que exigir mayor discusión y precisión.

 

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