Por: Juan Carlos Botero

La culpa individual y colectiva

Sebastián Sarmiento reconoció la sensación que se agitaba en su interior, quitándole el aire y presionándole las sienes, porque la había sentido antes. Era la culpa. La individual y la colectiva. Por acción u omisión, se dijo, como si se tratara de un verso repetido demasiadas veces.

Desde niño la había sentido como una presencia paralizante, de peso abrumador, y no sólo la conocida culpa de quien sobrevive al horror (la cual había conducido a muchos al suicidio, incluso después de salir con vida de un campo de concentración), sino la culpa compartida por toda la sociedad, por ser testigo directo o indirecto de tantas tragedias colectivas, las que siempre dejan interrogantes que escuecen en la mente: ¿Habría podido hacer algo por impedir ese crimen? ¿Por denunciarlo? ¿Por atajar la violación o la matanza o el atropello? Porque eso es lo grave de vivir en una sociedad así, reflexionó. No sólo correr el riesgo de sufrir en carne propia las calamidades que ocurren en el país cada día, y tampoco comprobar, con espanto, cómo la gente se va familiarizando con ese desfile de sucesos espeluznantes, acostumbrándose a la infamia a fuerza de repetición, hasta el punto de que una nueva masacre que figura en los noticieros de la mañana a veces ni siquiera se menciona en los noticieros de la noche, sepultada bajo el alud de otros infortunios del día; lo peor era sentirse ambigua y confusamente culpable de todas esas desgracias, así la persona no hubiera tenido nada que ver con ninguna de ellas en forma directa. Porque así lo vivimos todos, pensó. Nos sentimos culpables, por acción u omisión. De la misma manera que pueblos enteros se sienten culposos de los mayores crímenes contra la humanidad, así hayan sucedido en otras regiones y durante otras generaciones, como el holocausto judío, el Gulag de la Unión Soviética, la bomba atómica en Hiroshima o los campos de la muerte de Pol Pot. Esas masacres, él creía de joven, las habían causado un puñado de individuos concretos, personas espoleadas por la rabia, la demencia, la religión, la política, la venganza o el fanatismo, mientras que la vasta mayoría de la población las desconocía y, por lo tanto, era inocente de su existencia. Pero ahora él ya sabía, por el contrario, que cuando una barbaridad ocurría a esa escala monumental, como la violencia actual en Colombia y como las otras que él acababa de enumerar en su cabeza, aquellas no sólo las desataban esos individuos perversos y sanguinarios, sino que se requería de grandes sectores de la población para permitirlas. Para que fueran posibles. Acción u omisión, se repitió. Sociedades completas que mediante su silencio, su complicidad, su cobardía o su respaldo espoleaban o fomentaban esas tragedias colosales. Implícita o explícitamente. Como escribió el historiador Jorge Orlando Melo: “Todos tenemos alguna culpa en lo que pasa en Colombia, aunque unos más que otros, es cierto. Sin embargo, en una democracia hay una solidaridad fundamental: todos somos responsables de la marcha del Estado, de no haber sido capaces de detener la catástrofe vivida por Colombia, que aún no termina”. De ahí el sentimiento abrumador de la culpa. Individual y colectiva. Repartida en grados y matices, sin duda, pero en últimas compartida por todos.

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