La cultura de la cancelación

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He dedicado media vida a escribir novelas, un género que intenta dar cuenta de la realidad mostrando lo que hay en ella de complejo, de contradictorio y muchas veces de inexplicable. Son los grises lo que le interesa al escritor, no la rotundidad del blanco y el negro. Y la ambigüedad como un valor. El novelista trata, como afirma Kundera, no de mostrar “una única verdad absoluta, sino un montón de verdades relativas que se contradicen”, y de hacer preguntas desde un territorio de incertidumbre. La novela, pues, como afirma el autor checo, no puede prosperar en un mundo totalitario.

No significa esto que un escritor crea que la verdad no existe, ni que no tenga una ideología o unas creencias. Pero aspira a comprender. Y por tanto hace el ejercicio de meterse en el mundo del otro, del distinto. Lo hace Shakespeare cuando construye a un personaje tan malvado como Ricardo III, o tan deseoso de poder como Macbeth. De ahí que la literatura rechace todo fundamentalismo.

Todo este preámbulo para hablar de “la cultura de la cancelación”, una tendencia alimentada por las redes que no sólo intenta castigar, a fuerza de ridiculizar, amenazar o atacar con saña a todo aquel de cuyas ideas se discrepa, sino algo peor: pedir la cabeza de aquellos cuyas opiniones les resultan chocantes, como sucedió recientemente con Steven Pinker a propósito de unos trinos que algunos consideraron “incorrectos”. Este fundamentalismo se comprende más fácilmente cuando viene de una derecha recalcitrante, pero creeríamos que es imposible en grupos que defienden causas progresistas. Sin embargo, como ha anotado el pensador canadiense, que pone el dedo en la llaga, es cada vez más frecuente que, desde una supuesta superioridad moral, biempensantes pontifiquen y ataquen a los que osan cuestionar sus territorios inviolables, imperios de lo políticamente correcto. Por ejemplo, al que se atreva a criticar el pensamiento mágico de las culturas indígenas, que niegan la existencia del coronavirus y se resisten al distanciamiento social; al que postule que no todas las prostitutas ejercen el oficio por constreñimiento de un opresor o de la necesidad económica; o al que afirme que no le interesa el vegetarianismo y seguirá comiendo carne. Pinker ha desenmascarado a estos tiranos que a fuerza de insultos y menosprecio ejercen un avasallamiento sobre los que disienten de sus creencias, y ha alertado sobre sus devastadores efectos: arruinar vidas ajenas, llevar a la autocensura para no caer en las redes matoneadoras y, sobre todo, empobrecer el debate público sobre problemas de difícil consenso. Porque los hay. ¿Qué tan fácil es juzgar que Charlie Hebdo haya vuelto a sacar las caricaturas sobre Mahoma en víspera del juicio por la masacre de que fueron víctimas? Pues muy difícil. En un mundo tolerante se puede criticar su osadía, pero no pedir su cancelación.

Y es que, cuando se quiere silenciar al que disiente, a las palabras pueden seguir los hechos. A Paloma Valencia le gustaría que en su departamento los indígenas vivan aparte, pero no lo logró; a Trump le gustaría gobernar un país donde no hubiera sino blancos y construyó un muro; también Hitler quiso un mundo donde sólo hubiera arios, y procedió.

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