Por: Arlene B. Tickner

La Cumbre que no fue

Las cumbres no son exclusivas de América Latina, pero el alto número de foros multilaterales existentes en la región, junto con el hiperpresidencialismo y personalismo típicos de los regímenes latinoamericanos, hacen de ellas un vehículo cotidiano de la diplomacia aquí.

Cuando funcionan bien —y más allá de sus lánguidas resoluciones finales— permiten a los presidentes acordar y poner en marcha iniciativas colectivas importantes, pero también ofrecen espacios regulares de interacción personal que muchas veces son claves para el manejo de conflictos y crisis y la consolidación de relaciones hacia el futuro.

Pese a sus resultados ambiguos, la Cumbre de las Américas —iniciada en 1994— ha permitido a veces generar consensos entre los diversos países participantes, alterar las comprensiones compartidas de distintos problemas de interés hemisférico y adoptar algunas políticas nuevas. Ha ocurrido, a manera de ejemplo, en los casos de la democracia, la participación de la sociedad civil, el comercio, las drogas ilícitas y Cuba. La principal ironía de la octava Cumbre, que tendrá lugar en Lima, es que su tema central —gobernabilidad democrática frente a la corrupción—, será debatido justo en el momento en que la renuncia del presidente anfitrión, Pedro Pablo Kuczynski, y escándalos como Odebrecht, Panama Papers y Lava Jato —que han salpicado a gobernantes, funcionarios públicos y empresarios en casi todos los países latinoamericanos— han puesto de relieve el carácter endémico y estructural de este mal.

La decisión de Trump de cancelar su participación en la Cumbre, luego de haber confirmado hace tan sólo un mes, constituye otra incógnita, ya que la agenda hemisférica de Estados Unidos siempre ha jugado un papel determinante en estas reuniones.

Aunque el actual mandatario estadounidense no tiene una política clara hacia la región, se esperaban conversaciones incómodas, dado su discurso incendiario frente a México y sus amenazas no tan veladas frente a asuntos como la migración, el comercio y las drogas ilícitas. Todo ello ha redundado en un distanciamiento palpable entre Estados Unidos y la región, el cual se ve reflejado en el escaso 16 % de aprobación que tiene Trump en América Latina, según Gallup.

Sin Trump (y tal vez sin Maduro), la Cumbre que se anticipaba ya no será. No obstante, son pocos los presidentes latinoamericanos que gozan actualmente de la capacidad de liderar el debate y orientar las discusiones hacia algún resultado positivo. Los candidatos obvios, Temer (Brasil), Peña Nieto (México) y Santos (Colombia), enfrentan tanto procesos electorales como crisis internas que aminoran su poder de convocatoria.

Aunque Uruguay y Chile gozan de mejores reputaciones que el resto en cuanto a la corrupción, es poco lo que se puede esperar de Vázquez y Piñera solos. A su vez, la falta de consenso y de capacidades en el tema de Venezuela —pese a las buenas intenciones del Grupo de Lima— no augura bien en cuanto a las perspectivas regionales de asumir un rol más activo con miras a presionar elecciones libres y atender la crisis humanitaria del vecino país.

Ante la ausencia probable de logros sustantivos en Lima, queda por verse si resultan algunos simbólicos que den al menos luces sobre el futuro regional y credibilidad a la diplomacia de cumbres.

 

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