Por: Columnista invitado

La cuota de Barranquilla

Cuando se ha cerrado el calendario de 2012 en la eliminatoria para el Mundial de Brasil 2014, en Colombia se respira un aire de optimismo por esa clasificación, que ha sido esquiva en los últimos 12 años.

Todos hablan de Pékerman, de Falcao, de James Rodríguez, del cambio de mentalidad. Yo quiero referirme a Barranquilla porque creo que ha cumplido una tarea trascendental hasta ahora.

Con seguridad, si Colombia hubiera jugado en Bogotá, en Cali, en Medellín, en el Eje Cafetero o en cualquier otra ciudad, las manifestaciones de cariño hubiesen sido gigantescas y alentadoras.

Barranquilla está en la misma órbita, pero tiene ingredientes adicionales, que hacen que lo bueno de aquellas sedes sea superior cuando se juega en el Metropolitano.

En primer lugar, antes de llegar al campo hay que pasar por una ciudad que se transforma, que se desvela por avivar ánimos y que se detiene para consentir al equipo.

En segundo lugar, cuando ya se ha entrado en ese calor caribe que recarga las entrañas, viene un segundo impacto, que ocurre dentro del inmenso estadio Metropolitano, el mejor de Colombia. Adentro se vive una película única en Colombia, representada por un incontrolable fervor que sale de cada corazón y se traslada hasta la cancha.

Mientras esto ocurre, no creo que exista una sola alma ajena a la fiesta y un solo centímetro de Barranquilla que no sienta el peso del entusiasmo.

Y esto tiene su lógica histórica, por lo que ha sido esta ciudad para el fútbol colombiano: en 1908, Arturo de Castro puso a rodar el primer balón de fútbol en un campo abierto, al lado de la carretera de la Cordialidad, para inaugurar este deporte en Colombia. En 1920, Barranquilla tenía el mejor equipo de fútbol de Colombia, que inauguró los duelos regionales con su vecino Santa Marta. En 1922 fue organizada la primera liga de fútbol de Colombia, la del Atlántico, en Barranquilla, que pretendía convertirse en la federación nacional. En 1948 comenzó a gestarse la creación de la Dimayor en Barranquilla por iniciativa de dos barranquilleros: Alfonso Sénior y Humberto Salcedo. Mucho más adelante, en el Metropolitano, Colombia alcanzó tres clasificaciones seguidas a los mundiales de fútbol, los de 1990, 1994 y 1998.

Estos son los argumentos que hacen que La Arenosa justifique su papel como casa de la selección, con un altísimo derecho a reclamar parte del éxito alcanzado en su lucha por regresar a un Mundial.

 

* Ciro Solano Hurtado

Buscar columnista