Por: Hugo Chaparro Valderrama

La custodia de Badillo

El artificio como estilo: desde el plano cerrado con el que Eduardo (César Badillo) confiesa su pasión por la mujer que lo obsesiona –y ante el espectador que lo observa–, hasta el plano final de Locos (Trompetero, 2011), los matices dramáticos del guión y de su puesta en escena varían con registros diferentes.

La comedia se convierte progresivamente en tragicomedia y la relación entre Eduardo y Carolina (Marcela Carvajal) avanza hacia una teatralidad que se desborda cuando la fascinación por los personajes, tanto de monsieur Trompetero como de su co-guionista, Gerardo Pinzón, enfatiza en el enrarecimiento de la situación que los conduce hacia el delirio de una felicidad lunática.

La trama evoluciona así al ritmo de la narración y de sus artificios. El rapto de Carolina por parte de Eduardo, tras las condiciones que definen su universo –el carácter apocado del pintor, explícito mientras resana las paredes del manicomio; los guiños de la locura que definen a Carolina a través de un teléfono celular con el que llama a los fantasmas; su apariencia de monja abstraída; las crisis eventuales que deciden a Eduardo/Badillo a llevársela del manicomio y a custodiarla en su casa–, establecen el vértigo que los conduce tanto al abismo como a la salvación, con una puesta en escena que suma de manera episódica los eventos que prolongan el Estilo Trompetero, moldeado por El man, el superhéroe nacional (2009), Muertos de susto (2007) o por el experimento formal en clave de ensayo existencial, Violeta de mil colores (2005).

Películas donde el trabajo con los actores es el eje para desarrollar una historia, apoyado en la escritura de guiones que revelan un dilema ante el oficio: resuelta la tecnología, hay que nutrirla con relatos vigorosos, que desvanezcan tanto la distancia del espectador ante la ficción como su conciencia ante el trabajo del equipo tras las cámaras; una condición que se neutraliza cuando una buena historia permite que nos olvidemos de la artesanía que sostiene el arte de una película. De otra manera, la conciencia nos repite: “Estoy en cine y no creo en lo que veo”.

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