Por: Salomón Kalmanovitz

La debilidad del presidente

Los resúmenes del año son tediosos en tanto uno se acuerda más o menos de los eventos que resaltan.

Pero esta vez  me comenzó a rondar una teoría unificadora que explica la pérdida de soberanía de Colombia frente a las grandes potencias, e incluso de nuestro menos querido vecino, la enorme devolución de impuestos concedidas por el Presidente a los empresarios y sus gremios, la concesión de la contratación a los partidos uribistas, los cambios de marcha hacia delante o en reversa en las políticas de seguridad, la desmesura del presupuesto en favor de los militares, la dureza irracional frente al acuerdo humanitario y el rodearse de acólitos incompetentes, algunos de turbio pasado.

¿Por qué un presidente que tiene el 70% de la opinión pública a su favor es incapaz de imponer la visión inicial consignada en su programa de gobierno?

Lo primero que debilita al Presidente es su pasado y el de su familia, asociado al narcotráfico en sus fases iniciales. Periódicamente, el Departamento de Estado de USA y la DEA filtran información o grabaciones a los medios nacionales y más importante a los internacionales. Aunque a escala nacional, el Presidente ha podido enfrentar las alusiones, internacionalmente su carisma no funciona.

Ello ha tenido influencia en la posición del Partido Demócrata frente a Colombia, que le ha demandado el fin de políticas tolerantes frente a la vulneración de los derechos humanos. Es por tal razón que el Presidente ha radicalizado su política antidroga, acudido a la fumigación de cultivos y ha aumentado el número de extradiciones, al tiempo que comprometió recursos dirigidos a la Fiscalía para que investigue los 200 asesinatos más sonados de sindicalistas. También le ha correspondido dejar que las ruedas de la justicia avancen contra sus aliados financiados por los señores de la guerra y a que el proceso de Justicia y Paz haya tenido algunos resultados.

Para disipar la oposición interna que pueda surgir de algún frente gremial, el Presidente se ha dedicado a devolver impuestos a los empresarios e iniciar nuevas zonas francas exentas. Sin embargo, algunos gremios, como el de la infraestructura, manifiestan su insatisfacción con la clientelización de la contratación y los pobrísimos resultados para un país que sigue carente de carreteras y puertos. A todos les preocupa también la no aprobación del TLC.

El Presidente mantiene a los militares felices y seguros de su lealtad con un enorme aumento de su presupuesto, alcanzando un récord histórico de 6.3% del PIB, como lo han demostrado con las cifras del Ejército José Fernando Isaza y Diógenes Campos de la Tadeo. Esta política va a complicar el desequilibrio fiscal porque, fuera de una gasto militar tan elevado, el Presidente no deja de asignar personalmente el presupuesto en sus consejos comunitarios, con lo cual mantiene su alta popularidad pero desborda el déficit fiscal, cuando se vienen en 2008 vientos financieros borrascosos (recesión en USA y restricción generalizada del crédito).

A pesar de su pasado turbulento, el Presidente ha sido terco al albergar en su bancada a por lo menos a 38 congresistas financiados por la parapolítica y mantener personajes siniestros en palacio, que no hacen más que azuzar las prevenciones que existen contra él.

Las presiones internacionales y nacionales por el intercambio humanitario lo han llevado a la política más errática de todas: combina la terquedad con concesiones, sin credibilidad para la guerrilla; un comisionado de paz que se la pasa declarando la guerra y, por último, llamando a un aliado imprevisible, como fue Chávez, para después volarlo, con serias implicaciones económicas para el país. La única buena noticia posible de la restricción del comercio con Venezuela es que reducirá el costo de vida en Colombia, pero se debilitará la economía y, más aún, el Presidente.

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