Por: Piedad Bonnett

La decencia y las malas compañías

Por estos días la palabra decencia está en primer plano: El poder de la decencia es el título del libro de Sergio Fajardo y La lista de la decencia fue lanzada por Gustavo Petro y Clara López. Confieso que no me acaba de gustar el uso de esa palabra por parte de los políticos. Puede uno interpretar en los que la convierten en lema una especie de superioridad moral que tiene a la vez algo de arrogancia y de maniqueísmo. “Nosotros, los decentes”. Pero también sucede que la pobre palabra ha sufrido otras penurias. En la década de los 30 surgió —promovida por la jerarquía católica estadounidense y apoyada por un grupo de laicos— la llamada Liga de la decencia, una organización ultraconservadora que tuvo réplicas en países latinoamericanos, y que, apoyada por la Acción Católica, se encargó de aleccionar sobre las buenas costumbres y de censurar películas, arte y comportamientos sexuales. Esta Liga de la decencia tuvo, por ejemplo, un lugar en el poder con la dictadura argentina. Pero hay más. En Colombia solemos decir “gente decente” para hablar, como en todas partes, de personas honradas, con una ética y una moral a toda prueba. Gente decente, por ejemplo, es el coronel de El Coronel no tiene quien le escriba, al contrario de don Sabas, que se apropió con malas mañas de las tierras de los liberales. Pero el proverbial clasismo de los colombianos ha hecho también su tarea, y muy solapadamente le dio un giro a la expresión para hacerla significar “gente bien”, otra aberración de nuestro lenguaje para designar gente “con apellidos” o con poder o con dinero. Porque los rangos de la “gente bien” se han ido ampliando.

En todo caso, se puede entender que la decencia sea un estandarte que se enarbola cuando la marea ha hecho subir a la superficie las excrescencias que antes estaban encapsuladas en sentinas putrefactas, y cuando muchos de los aspirantes al Congreso son corruptos o fichas de parapolíticos, asesinos y ladrones. Los candidatos, pues —y a algunos sí que les queda difícil— están apostándole a su imagen de gente decente. Esta es la razón por la cual Sergio Fajardo —un hombre honesto, sin duda— se ha catapultado a los primeros lugares. Como el mundo da tantas vueltas, a Fajardo parece haberle resultado su estrategia de no estar ni con Dios ni con el Diablo. Y apoyado en su imagen de académico, de exalcalde exitoso y en su figura desacartonada, ha terminado por ser el outsider prometedor que promete acabar con los vicios de los políticos tradicionales. En su favor juega que está bien rodeado, pues de Claudia López y de Jorge Robledo se podrá decir cualquier cosa menos que no son honestos, aguerridos y responsables.

El CD, por su parte, eligió también al que, por decirlo de alguna manera, parece más “decente”. Joven, preparado, y conciliador en su discurso, Iván Duque podría parecer, a primera vista, una opción renovadora. Pero, ¡ay!, él, como todos los demás de su partido, lideró el No a la paz que cada día les pone palos a la rueda a los acuerdos. Y, según ha dicho, está dispuesto a luchar por los principios de su jefe y mentor, que ya dijo que de Duque espera que sea “el primer policía de la patria”. Porque así le gustaría gobernar a Uribe, ya sea por interpuesta persona: con un estado policiaco.

 

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