Conversaciones pendientes

La deconstrucción (III): narrativas “mientras peor, mejor”

Noticias destacadas de Opinión

El modelo de deconstrucción tiene en la palabra una de sus herramientas centrales como gran arma de guerra, va creando una cadena de narrativas que más que construir tienden a socavar el soporte de la población.

El discurso de odio y de falsas argumentaciones se va generalizando y destruye la sociedad, el Estado y las instituciones que soportan el sistema democrático. El odio como factor de lucha se utiliza para dividir la sociedad entre buenos y malos, pobres y ricos, quienes son los culpables de todos los males y la causa de la pobreza de los pobres. Arremete contra los gringos, el capitalismo y cualquier persona que sea incómoda, rotulándola de neoliberal o de paramilitar, y presenta a las instituciones como el enemigo externo que hay que destruir porque nos mantiene en el subdesarrollo.

Reconociendo las falencias de nuestro sistema y las reformas que se requieren, hay que ser conscientes de que todas esas narrativas orientadas a corromper el pensamiento buscan producir reacciones irracionales que debiliten el apoyo al Estado, destruyan los partidos, socaven el sector privado, relativicen los valores borrando las barreras entre el bien y el mal, para fragmentar y deconstruir el sistema. La tergiversación de las palabras y las realidades es parte del combate político. Las mentiras se vuelven posverdades, se declara por sus autores una superioridad moral e intelectual que minimiza las tragedias que ha generado su ideología en otros países, pues dicha ideología es necesaria para atacar un sistema de creencias y debilitar el apoyo al Estado.

En las redes sociales, quienes estén en contra son objeto de bullying y de la nueva inquisición digital. Solo está seguro quien navega el plácido mundo de lo que para ellos es políticamente correcto y les genera likes. Esto hace que al secuestro se le llame retención; al asesinato, bajas; a la extorsión, impuestos sociales y sigue.

Las ideas que nos unen, como defender la vida, la paz y los ecosistemas, son usadas para frenar cualquier actividad económica que signifique progreso y para debilitar la fuerza pública, sostén de la democracia. Los impulsores convenientemente callan que, en la defensa de la vida, el 90 % de los casos de asesinatos de líderes están relacionados con narcotráfico, que en la defensa del agua, los mayores ofensores son la minería ilegal y la deforestación para sembrar y procesar coca, que en la defensa de los niños, se callan las sanciones que debería tener el reclutamiento de menores de edad, el abuso sexual y las prácticas abortivas.

En esa guerra de posiciones ideológicas se van copando la educación, la justicia, el Estado, los medios de comunicación y lenta pero constantemente se omite cualquier alusión al avance que sí hemos logrado, para demostrar que el sistema fracasó. Con frío cálculo se impide el progreso y se va empobreciendo la sociedad, para imponer su control social, porque, en últimas, “mientras peor, mejor”. Pregúntele a su hermano venezolano que se encuentra en la calle sobre si las ideas que llevaron al poder a estas narcocleptocracias realmente generaron el progreso que prometieron.

Comparte en redes: