Por: Mauricio García Villegas

La defensa de lo pequeño

Los seres humanos, a diferencia de los demás animales, somos capaces de organizar grandes proyectos colectivos, de millones, incluso de miles de millones de individuos. Eso lo logramos, dice Yuval Harari en Sapiens, con nuestra capacidad para inventar dioses, patrias, reyes, paraísos, etc.; en pocas palabras, con la ficción. Cuando un sueño poderoso habita en nuestras mentes, nos congregamos, colaboramos unos con otros, e incluso estamos dispuestos a morir por defender ese sueño. Claro, esa misma quimera puede llevarnos a las guerras y a la destrucción de otros proyectos colectivos. Pero en términos generales la pulsión de colaboración se ha ido imponiendo (con altibajos) sobre la pulsión divisoria. Así hemos pasado de la familia a la tribu, a la aldea, a la comarca, al feudo, a la nación y en algunos casos a la confederación de Estados.

En el mundo de hoy, sin embargo, pareciera que las cosas van al contrario y que el impulso divisorio le está ganando la partida al gregario. En pleno auge de la globalización económica, lo normal sería que estuviéramos alimentando un sueño más incluyente, más cosmopolita. Pero no; lo que estamos viendo es una defensa de los grupos pequeños, de las identidades locales, de las sectas. Eso está pasando en todas partes (China es tal vez la excepción), incluso en Europa, la tierra de las ficciones humanistas y cosmopolitas (Kant y Rousseau) que en algún momento pretendió hacer un país de un continente de países. Los casos de Cataluña y brexit son una expresión de lo que digo: un predominio de las ficciones de corto alcance que recortan la asociación y la colaboración.

Escribo todo esto después de leer un artículo en el Nouvel Observateur sobre el crecimiento del movimiento antivacunas en Europa. No existe ninguna razón científica para poner en tela de juicio las vacunas, pero los promotores de este movimiento han desempolvado viejos argumentos, absurdos, invocando cosas tan diversas como la libertad o la defensa contra el Estado capitalista. Lo mismo ocurre con el 40 % de la población de los Estados Unidos que no cree en la teoría de la evolución de las especies y que se organiza para exigir que se enseñe la versión bíblica de la creación como una teoría tan plausible como la teoría de la evolución. Nada de eso es cierto, ni la ineficacia de las vacunas ni la creación del mundo con Adán y Eva en medio de los dinosaurios, pero la falta de verdad no importa pues la gente no se moviliza por argumentos (así lo crea), sino por defender a su grupo, que es su identidad, su marca.

Tal vez todo esto esté relacionado con el miedo que hoy existe al anonimato; a quedar perdido en medio de una masa humana globalizada que consume lo mismo, piensa lo mismo y hace lo mismo. La mejor ilustración de este miedo es el afán por aparecer en las redes sociales, incluso a costa de la buena imagen. Cada vez hay más gente que prefiere una notoriedad ridícula a un anonimato sereno. Eso no pasaba antes. La vergüenza era algo que casi todo el mundo evitaba; hoy pareciera como si muchos la buscaran.

Sea lo que fuere, el hecho es que las energías gregarias del sapiens contemporáneo se concentran cada vez más en grupos pequeños, ensimismados y egoístas. Cada grupo quiere tener su propia iglesia, su propio país, su propia tribu. No importa si esa tribu entra en conflicto con la tribu vecina (como en el Medioevo), y menos aún si la ciencia y la razón establecen otra cosa. Tal vez el apelativo de “sapiens” lo merecemos menos de lo que solemos creer.

 

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