Por: Reinaldo Spitaletta

La degeneración del fútbol

El fútbol colombiano se parece al país. Tal vez se ha contagiado de la cultura mafiosa, que sigue cabalgando en las llanuras oficiales y extraoficiales; quizá se le ha pegado la táctica de los “falsos positivos” y aquello que parece ahora una consigna cotidiana que ha desmoronado la ética: todo vale. O a lo mejor se ha infectado de esa enfermedad nacional que considera a la violencia como factor para la resolución de conflictos.

Lo que sea, el fútbol de aquí se parece al país en su mediocridad. Es posible que la peste lo haya alcanzado. ¿Cuál? La misma que hace que ante un delincuente un funcionario de alta dignidad lo califique de “buen muchacho”, o aquella tan virulenta que motiva a otro funcionario a reverdecer la inmunidad parlamentaria, o aquella de más allá que hace que un archimillonario banquero insinúe que la guerra colombiana también la deben financiar los pobres.

Ya no sólo es un fútbol decadente, sin gracia, sin fantasía, sin talento, de pura montonera, sino una acumulación de desganos y peligros. Me parece que para estos contornos ya no es válida la frase de André Maurois, “el fútbol es la inteligencia en movimiento”. Se ha trastocado en “el fútbol es la barbarie en movimiento”. Porque aquí, en muchos campos, no hemos alcanzado la civilización. En cambio, los síntomas nos indican que cada vez nos aferramos más al estadio del “mal salvaje”.

Las denominadas “barras bravas”, que en su mayoría -por no decir en su totalidad- son expresión del lumpen con sus consecuentes acciones vandálicas, han alejado de los estadios a aquellos que veían en el fútbol una diversión de domingo, una recreación en la que no importaba quién ganara o quién perdiera. Era una fiesta, como aquella de los muchachos de un pueblito brasileño que cantaban: “ganamos, perdimos, igual nos divertimos”.

Sabemos que el fútbol no es un deporte inocente. Puede ser el novísimo opio del pueblo. Puede ser, como lo ha sido, una mampara para ocultar otros intereses. Ha sido utilizado por dictadores para camuflar sus desmanes. Y por mafiosos, para acrecentar ganancias, lavar activos e intentar aclarar sus turbios negocios. Para nadie es un secreto que puede ser una nueva forma de esclavitud y que ha sido corrompido por los grandes capitales.

Pero como manifestación de la cultura, tiene aspectos más relacionados con la convivencia que con la violencia. Sin embargo, éstos se han venido a menos y predominan los de la rentabilidad. La Fifa es una transnacional, una reina del mercado de valores y transacciones.

Volviendo a nuestro ámbito, las barras bravas y la peligrosa cultura de la violencia instalada en el fútbol dan muestras de una sociedad enferma, fracturada, en la que la mayoría de gente está atravesada por los desamparos y las exclusiones. El fútbol se tornó asunto de fundamentalismos e irracionalidades, hasta el punto de que es posible agredir a un jugador si su equipo no gana un campeonato, o, con la misma o mayor gravedad, que un futbolista llegue a asesinar a un hincha. El fútbol se llenó de amenazas, crímenes, sobornos y escándalos.

Tal vez el fútbol se contagió de las triquiñuelas de los politiqueros, lo apestaron los comportamientos nada edificantes de aquellos que compran conciencias y votos, de los que quieren borrar al opositor, de los que salen convertidos en héroes tras cometer actos de barbarie, en fin.

Aquí, hace rato, le robaron al fútbol lo que tenía de poesía y sociabilidad. Se transmutó en fanatismo que atenta contra la razón, en enceguecimiento que conduce a la estupidez. Ya no es el deporte de la fraternidad, sino un caldo de cultivo de desgracias y desafueros. Es una muestra de la degeneración del poder, del sistema político y del fútbol mismo.

 

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