Por: Isabel Segovia

“La democracia electoral es una ilusión”

Roberto Gerlein, senador que batió todos los récords de longevidad política por permanecer en el Capitolio más de 50 años, cercano y mentor político de la famosa congresista Aída Merlano, le dijo acertadamente a la periodista de La Silla Caribe Laura Ardila que en Colombia “la democracia electoral es una ilusión”. Desafortunadamente, nuestra famosa escapista se fuga con información muy valiosa de cómo realmente funciona el sistema electoral colombiano, sus prácticas clientelistas y los supuestos delitos que se cometen para hacerse a algún cargo de elección popular. No es difícil imaginar lo que iba a contarnos y es absolutamente comprensible que varios pesos pesados de la política de nuestra costa Caribe estuvieran atemorizados por sus posibles declaraciones.

Mi corta experiencia de participación en la política electoral me mostró en vivo y en directo cómo funciona el sistema. No presencié delitos, aunque la raya de las cosas que pude observar era bastante tenue. Por ejemplo, en las convocatorias para presentar propuestas, los que participaban rara vez iban a oír y discutir; pasaban a ver qué se les ofrecía: comida, plata en efectivo, trago o cualquier otra cosita, y cuando no encontraban nada, salían rápidamente. Los contrincantes en cambio llevaban a sus “seguidores” en bus con pasaje pagado, sánduche incluido y mínimo un aguardientico. Y se entiende que participen en esas condiciones, pues la reciprocidad de la democracia en nuestro país sólo funciona en elecciones, los políticos ofrecen cualquier cosa para hacerse elegir y una vez en sus cargos normalmente desaparecen.

Tristemente, cinco años después, nada parece haber cambiado. Al recorrer el país se evidencia que entre más alejadas, olvidadas y con mayores necesidades estén las comunidades, más absurda es la contaminación visual con un excesivo número de pancartas, con fotos de todo tipo de personajes y eslóganes variados con lugares comunes, vacíos y ridículos. También pululan los mítines políticos con ofertas que van desde comida y atención médica, hasta servicios de peluquería (esto último me lo contó un poblador de Puerto Nariño, Amazonas, que lo presenció hace un par de semanas).

El ciclo se cierra con los que financian las campañas. Quienes pagan toda esta propaganda están invirtiendo sus recursos no en propuestas políticas, sino en los futuros contratos que recibirán una vez sean elegidos sus candidatos. Si el financiado gana, la transacción es sumamente rentable y el nuevo dirigente arranca su mandato copado de compromisos que le hacen imposible gobernar para la gente (un “inversionista”, como se denominan a sí mismos, me describió el proceso paso a paso). Imposible juzgar entonces a quien define su voto por un plato de comida, al final ese personaje tiene claro que eso será lo único que recibirá a cambio.

El hecho de que nuestra democracia sea un lucrativo negocio de algunos pocos impide el progreso de la mayoría de las ciudades y, peor aún, provoca el retroceso de otras (uno de los mejores ejemplos de esto es Cartagena, la ciudad que unos cuantos caciques políticos han saqueado sin cesar). Ojalá aprendiéramos a votar a conciencia para poder exigir ética y cumplimiento a quienes elegimos. Ojalá algún día la democracia electoral sea una realidad. En el entretanto, es un deber, para los que podemos salir a votar, hacerlo a conciencia, hacerlo bien.

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2019-10-16T00:00:04-05:00

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2019-10-16T00:15:01-05:00

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