Por: Santiago Villa

La democracia es coja

Si bien reconocí el juego de palabras en el título de esta columna después de escribirlo, la escogencia de candidatos para las elecciones locales de 2019 pone de relieve uno de los problemas críticos de la democracia: para cuando llegamos los ciudadanos a las urnas, no sabemos hasta qué punto los candidatos han comprometido sus ideales a favor de sus intereses o, más aún, a favor de los intereses de quienes los financian.

Dejé de casarme con políticos cuando me harté de dar piruetas mentales y retóricas para justificar sus inconsistencias. No hablo desde el cinismo, porque al final de esta columna voy a proponer una solución, sino desde la convicción de que lo menos valioso de la democracia, hoy en día, es su faceta más visible.

De la democracia prefiero la separación de poderes, la libertad de prensa y de expresión, que no haya ciudadanos por encima de la ley, que exista transparencia en la información pública y que los líderes deban responder a los ciudadanos. Las elecciones, en cambio, están ahogadas en falsedades y comercialismo.

Soy consciente de que muchos pueblos, como el sudafricano, el hongkonés, el tunecino y el venezolano, para no ir más lejos, han luchado tenazmente para proteger y alcanzar el derecho a elegir sus líderes. También, que algunos se han decepcionado con el resultado, y pienso en los sudafricanos. A pesar de tener elecciones libres, Sudáfrica ha sido gobernada durante 25 años por un mismo partido corrupto.

El más costoso de los múltiples escándalos de corrupción que han golpeado al Congreso Nacional Africano (CNA) ocurrió cuando Thabo Mbeki relevó a Nelson Mandela, y consistió en una extravagante compra de aviones caza y buques de guerra, que a los pocos años de comenzar su vida democrática Sudáfrica ciertamente no necesitaba. El país sobrellevaba una crisis de seguridad y salubridad, causada por el resquebrajamiento de la institución policial tras el fin del apartheid y por la epidemia del SIDA. La compra de armamento para un país con pocos recursos y sin enemigos, aquejado por problemas urgentes, era criminal.

¿Por qué hizo la compra? El entonces primer ministro de Reino Unido, Tony Blair, presionó al CNA para favorecer a la empresa de armamentos BAE Systems. Ejerció un lobby que consistía en sobornos y dineros que financiarían las campañas del CNA.

En El mundo de las sombras (The Shadow World), un documental investigado por Andrew Feinstein, el exparlamentario del CNA encargado del Comité de Ética, un comerciante de armas afirma: “Los políticos son como las prostitutas, solo que más costosos”.

Las propuestas son un componente secundario de la contienda electoral, pues no pasa nada si las incumplen o si las cambian por el camino. Lo que no pueden alterar es la deuda a los financiadores. Dime quién te pagó la campaña y te diré para quién gobernarás.

Hace unas semanas hablé con un excandidato a una alcaldía rural que debió vender su casa y contraer deudas por cientos de millones de pesos para financiar su campaña, y perdió. Pregunto: ¿si una persona debe comprometer su seguridad financiera para ganar las elecciones de un municipio, no es acaso comprensible que caiga en la corrupción? ¿No es de cierta forma lógico que busque un contrato que le deje $200 millones para pagar la casa que arriesgó? Hay un componente de la corrupción que no se origina tanto en la moralidad de los gobernantes, sino en la podrida dinámica propia del sistema electoral.

Ahora la solución.

La democracia electoral debe ser austera, para que los candidatos puedan participar con sus propuestas sin invertir ingentes sumas de dinero en sus campañas. En tiempos de redes sociales, no es justificable la inversión en grandes actos públicos, conciertos, vallas, afiches, pautas televisivas y radiales. Eso es del siglo pasado y, más que informar a los votantes, alimenta una industria. El dinero de las campañas es el primer parásito de la democracia y puede eliminarse prohibiendo la financiación privada de campañas.

En su lugar, debe haber más debates entre candidatos y la asistencia a ellos debe ser obligatoria. Más difusión en redes sociales de sus propuestas y cero eventos en plaza pública (hoy en día todos los ciudadanos que votan tienen acceso a una red social). Y lo más importante, la publicidad electoral debe estar proscrita. Esto no acabará con la corrupción, pero es un primer paso necesario para recuperar el sentido de la democracia.

Twitter: @santiagovillach

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