Por: Francisco Leal Buitrago

La democracia sobrevive, pero…

En diálogo con este diario, Michael Reid —escritor británico conocedor de América Latina— respondió con otra pregunta a si el capitalismo democrático sigue siendo opción viable para la democracia en el continente: ¿qué otra opción hay?

Desde las revoluciones norteamericana y francesa, la democracia ha sido el régimen político adecuado para gobernar a los países. Con variaciones internas que no afectan el equilibrio de poderes —como federalismo y centralismo— ha salido avante frente a dictaduras, p. ej. fascismo y nazismo en la Segunda Guerra, o las promovidas en América Latina por Estados Unidos durante la Guerra Fría. Luego aparecieron seudodemocracias, como Nicaragua y Venezuela.

Pero el trasfondo de amenazas a la democracia radica en la expansión capitalista. Al “capitalismo salvaje”, que cubrió países de la región, le sobrevino el consabido neoliberalismo, que abarca incluso naciones con tradición democrática. Así creció la primacía de la acumulación capitalista. La revolución en que desembocaron luego las tecnologías de información extendió esta acumulación a empresas emergentes, que incluso sobrepasaron a las cimentadas anteriormente mediante el comercio y la industria, y posteriormente los bancos.

Desde la difusión del concepto de desarrollo, diversas teorías buscaron la manera de que países subdesarrollados pudieran desarrollarse. Sin embargo, todas esas pretensiones fracasaron en Latinoamérica. Quizá su principal causa fueron disimulos rubricados por formalismos democráticos, aunque también se cruzaron con contextos tecnológicos que debilitaron bases democráticas tradicionales, como partidos políticos y sistemas electorales. Y para completar, emergieron redes de información que redujeron la comprensión ciudadana a afirmaciones puntuales —muchas mentirosas— reforzadas con visiones ideológicas compartidas, ajenas a explicaciones y encerradas en círculos viciosos. El aumento del nivel educativo resultante de la vigencia de la democracia ha tendido entonces a opacarse.

En Colombia sobresalen particularidades. El orden, identificado con la regularidad electoral, contrasta con las violencias que han atravesado su historia. Su incomparable complejidad territorial ha reducido autoritarismos, pero también ha impedido fortalecer la identidad nacional —frente a regionalismos— y el poder político del Estado, además de su ausencia en numerosas regiones del país. Esta situación, aunada a los problemas antes mencionados, ha hecho sucumbir anhelos de reducir las persistentes desigualdades sociales.

Esas desigualdades se han alimentado de ansias de acumulación capitalista a todos los niveles, apoyadas por gobiernos con pasajeras y torcidas reformas tributarias, y por políticos profesionales en los que priman intereses personales —su epónimo: Néstor Humberto Martínez—. También hay organizaciones públicas y privadas sin escrúpulos que, mediante corruptelas entronizadas con leguleyadas, propician enriquecimientos —caso emblemático: Odebrecht—. Además, a estas prácticas ayudan tecnologías virtuales promocionadas, que facilitan robos en cuentas y tarjetas sin admitir responsabilidad institucional —ejemplo: Bancolombia y el ciudadano digital—. En una lista casi interminable, menciono solo contratos público-privados leoninos que enriquecen a emporios y magnates. Todo esto y mucho más ha afectado en su esencia a las clases medias en detrimento de la población más necesitada. Si hay que hablar de marginalidad, rebusque y miseria, Colombia lleva la batuta en la región.

¿Habrá alguna posibilidad de que la ciudadanía se empodere y ponga freno a esta pandemia para salvar la democracia?

* Miembro de La Paz Querida.

 

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