Por: Columnista invitado

La derrota según Camus

Cuando Albert Camus (1913-1960) integraba el juvenil Racing Universitario de Argel (RUA), se lamentaba de que a veces su equipo jugaba “científicamente” y aun así perdía partidos que debería haber ganado.

Lo recordé durante el partido en que los argelinos fueron derrotados 2 a 1 por los belgas después de que los africanos iban ganando 1 a 0 y perdieron el control, primero en el juego aéreo y luego en un contragolpe definitivo. Era el tipo de análisis de fútbol que hacía el nobel de literatura de 1957, según sus biógrafos. En la derrota, más que en la victoria, este deporte resumía para él los dilemas éticos de la condición humana.

“Después de muchos años en que el mundo me ha permitido variadas experiencias, lo que más sé, a la larga, acerca de moral y de las obligaciones de los hombres, se lo debo al fútbol, lo que aprendí con el RUA”. Testimonio del hijo de una empleada doméstica analfabeta, nacido en Mondovi (Argelia), donde este deporte cohesionaba a las clases populares marginadas por el colonialismo francés, deseosas de justicia. Perder le generaba un mayor deseo de levantarse y superarse, apoyado en el soporte espiritual de un equipo: la solidaridad.

En esos principios que su álter ego Jacques encarna en El primer hombre (obra inconclusa) debiera inspirarse ahora Argelia si quiere pasar a la segunda ronda de Brasil 2014. Camus insistía: “quería tanto a mi equipo, no sólo por la alegría de la victoria cuando estaba combinada con la fatiga que sigue al esfuerzo, sino también por el estúpido deseo de llorar en las noches luego de cada derrota”.

El que sería luego el autor de novelas clásicas como El extranjero y La peste primero quiso ser futbolista, pero las secuelas de la tuberculosis lo desviaron hacia la lectura y la escritura. Además de comunista valiente frente al fascismo, fue gran arquero y gran delantero. El biógrafo Herbert Lottman reconstruye un día de Camus: “Durante el recreo, se repartían en dos bandos iguales para jugar al fútbol dándole patadas a una gruesa pelota de espuma.

Después de las clases formaban verdaderos equipos —once en cada campo—. Albert era arquero, a veces delantero centro, y con frecuencia fue el capitán”. ¿Era bueno? Ernest Díaz, su amigo, no el exgoleador santafereño, dijo: “Albert era especialmente hábil en los pases cortos y un gambeteador endiablado”. Otro biógrafo, Olivier Todd, cita a un cronista de Argel luego de un juego del RUA: “A pesar de una derrota por uno a cero, todo el equipo merece felicitaciones.

El mejor de todos fue Camus. Este vencido se convierte casi en vencedor, y su equipo sale del campo seguro de haber conseguido una victoria moral. Entre los suyos, Albert Camus se convierte durante unos momentos en una estrella”. Por eso Zinedine Zidane —también de ascendencia argelina— vive orgulloso de su parentesco con Camus, el jugador que escribió con conocimiento de causa: “pronto aprendí que la pelota nunca viene hacia uno por donde uno espera que venga. Eso me ayudó mucho en la vida, sobre todo en las grandes ciudades, donde la gente no suele ser siempre lo que se dice derecha”. Y así a veces se gane o se pierda, “lo importante para mí era jugar... eso no puede morir. Preservémoslo”.

 

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