Por: Gustavo Gómez Córdoba

La desgracia de ser turbayista

Daniel Correa vive colgado de los cerros surorientales de Bogotá, en el barrio Diana Turbay, en una zona que algunos expertos en miseria ajena han comparado con ‘pesebres’ de calles interminables, de calles que de calles tienen lo mismo que el pesebre original de sala de partos.

Daniel, del Diana, me mandó una carta que llegó directo a una cosa que tengo entre las tripas y que se parece mucho al alma de los católicos. La he guardado allí unos cuantos días y he decidido convertirla en mi columna de esta semana porque quiero que, por unos minutos, todos seamos turbayistas. Es en serio.

Dice lo siguiente Daniel, a cuyo texto le pongo apenas un par de comas y, eso sí, toda la atención del mundo pavimentado: “Vivo aquí en Bogotá, en el barrio Diana Turbay, hace aproximadamente treinta años. Vivo en una casa con mi familia, la cual hemos logrado levantar durante todo este tiempo. Es una casa y un hogar muy agradable; todos los de este hogar hemos tratado de surgir y de progresar, y de ir siempre hacia adelante.

Hasta este punto todo está bien, excepto en el momento de abrir la puerta que da a la calle. Cada vez que lo hago siento que el tiempo se ha detenido, como si fuera el primer día, cuando era un niño y llegue al barrio: la misma calle polvorienta que, en tiempo de verano, llena con un manto amarillo todo, o el barro gris que recuerdan los relatos de pueblos olvidados y remotos, en tiempo de invierno.

Esa es mi calle, la calle donde ha vivido parte de su vida mi mama, donde mi hermana y yo hemos vivido la mayor parte de nuestras vidas, donde mis sobrinos nacieron y ya casi son unos hombres. Son tres generaciones y treinta años tratando de que pavimenten nuestra calle.

Lo último que nos está sucediendo es que, por el hecho de estar la calle en estas condiciones, las ratas abren agujeros en cualquier lado, formando allí sus madrigueras. Por eso no es raro que en cualquier momento una de estas ratas, que más parecen conejos por su tamaño, se meta a las casas y ponga en peligro la salud de los niños y de todos los que vivimos en ellas.

Por todo lo anterior,  Gustavo, le pido el favor de leer este correo (…), a ver si por lo menos el eco del silencio nos escucha; los ecos del silencio de esta Bogotá positiva pero sin equidad ni justicia.

Lo último: si alguien (…) sabe a qué político se le puede untar la mano, a quien se le pueden prometer votos, a quien se le puede lagartear, a quien se le puede vender el alma, se le hace. Es de la única forma que en este país se puede conseguir algo (…)”.

Ha sido terrible, lo sé, pedirles a todos que se matricularan en el turbayismo. Y eso que solo han sido turbayistas por los pocos minutos que toma leer la carta de Daniel. Él, Daniel Correa, lo ha sido, entre feliz y resignado, por tres décadas. Y los años que le quedan. Ya pronto vendrán otros prohombres de la política a prometerles a los Correa el pavimento que nunca han pisado. Personajes que saben pisar muy bien a tipos como Daniel. Y a sus sueños.

 

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