Por: Sorayda Peguero

La deshonra de las zorras

A Emely Peguero Polanco la encontraron muerta dentro de una maleta. Estaba en la orilla de una carretera. En posición fetal. Embarazada de cinco meses y con el cráneo hundido por un fuerte golpe. Tenía 16 años. Marlon Martínez (19), su novio, se declaró culpable.

A Rosalinda Yan Pérez la encontraron enterrada en una casa en construcción. Con las manos atadas, un trapo alrededor del cuello y signos de haber sido violada. Tenía 18 años. Julio César Luis (30), su expareja, confesó que cometió el crimen con la ayuda de un amigo.

A Dioscary Gómez Ovalle la encontraron muerta al borde de una carretera. Con el rostro quemado y signos de estrangulamiento. Tenía 17 años. Alberto Sánchez Reynoso (40), su padrastro, se declaró culpable del asesinato.

Los cuerpos sin vida de las tres jóvenes fueron hallados en diferentes localidades de la República Dominicana, entre la noche del jueves 31 de agosto y el 1 de septiembre. Mientras los medios de comunicación publicaban detalles sobre los crímenes, fueron apareciendo, también, los sermones con regusto a superioridad moral que tanto abundan en estos casos. Estos casos que, según el editorial de uno de los principales periódicos dominicanos, “por lo general suceden en aquellos hogares de madres que trabajan y tienen que dejar a sus niños sin cuidado de nadie o bajo la atención de los abuelos o porque las menores no han sido educadas para identificar estos peligros”. El autor —o autora— del editorial, una voz que clama a Dios por la salvación de “lo que queda de bueno en esta sociedad”, continúa diciendo que, en otros tiempos, las madres estaban más concentradas en sus hogares, prevenían a sus hijas sobre las tentaciones de la carne y les prohibían sentarse en las piernas de sus padres y demás hombres de la familia.

Las matan, las violan, las torturan y se deshacen de sus cuerpos. El problema es de todos. Pero las culpables son ellas. La violencia se manifiesta de diferentes formas. Utilizar una tribuna pública para señalar a las madres como responsables de semejantes horrores, para hacer un llamado a la recuperación de los “valores perdidos” de una sociedad patriarcal que no respeta a sus mujeres, ¿no es otro modo de violencia retrógrada?

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El ritual se llama “La deshonra de las zorras”. Ocurre en una escena de El cuento de la criada, la serie de televisión basada en la novela escrita por Margaret Atwood en 1984. Una mujer que fue víctima de una violación en grupo durante su adolescencia es obligada a contar su experiencia en público. Después de narrar lo inenarrable, es acusada de haber provocado a sus agresores. La mujer debe aceptar su culpa y someterse a las duras leyes de la República de Gilead, donde una mujer es el último trozo de carne en la jerarquía social. No tiene derechos. No es dueña de su cuerpo. No es dueña de sus deseos. No es dueña de su vida. No es nadie.

Margaret Atwood dice que la gente suele preguntarle si su novela es una predicción. Ella responde que es una antipredicción. “Si este futuro se puede describir de manera detallada, tal vez no llegue a ocurrir”, dice la autora. Pero advierte que tampoco debemos confiarnos demasiado. Me pregunto si no estaremos asistiendo al ensayo de un cuento que, visto desde cierta distancia, parece improbable. Un cuento con fatales visos de profecía.

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