Por: Juan Carlos Botero

La desigualdad desbocada

La situación es más compleja y dramática de lo que se creyó. Y gracias a Joseph Stiglitz, premio Nobel de Economía, las cosas han quedado claras. La desigualdad en EE.UU. está desbocada, y su costo social y económico es colosal. Por desgracia, en ese aspecto la situación en Colombia es todavía peor.

Los datos de Stiglitz en su nuevo libro, El precio de la desigualdad, son alarmantes. Una sola familia, los Walton, herederos de la cadena de tiendas Walmart, posee más riqueza que la tercera parte más pobre del país. Incluso el 1% de la pirámide social es más opulento que el otro 90% de la nación. Es una aberrante desigualdad de ingresos, de la riqueza y de oportunidades. Cierto: en una sociedad capitalista siempre habrá unos más ricos que otros, pero lo grave es cuando se esfuman las condiciones para que exista la igualdad de oportunidades; cuando se sabe que un pobre lo será toda la vida debido a la imposibilidad de escalar los peldaños de la economía nacional.

Más aún, de todos los países industrializados del mundo, hoy EE.UU. es el que menos facilita el ascenso económico. El mercado libre es una falacia, señala Stiglitz. Todo país crea leyes y controles para ordenar su economía, y lo negativo del sistema actual es que esas reglas se han moldeado, en manos de sectores influyentes, para concentrar la riqueza y favorecer, cada vez más, al 1% del país y empobrecer, cada vez más, al otro 99%.

Es decir, la teoría de la filtración económica (trickle-down economics) quedó sepultada. Mientras la franja más adinerada de la población se ha enriquecido en la última década, los ingresos de la mayor parte del resto, en ese mismo período, se han reducido. Es decir: los beneficios de los pocos no se han filtrado sobre los demás. Ni siquiera mediante los impuestos. Aquel 1% sólo paga el 15% de impuestos sobre sus ingresos, que es mucho menos que el resto que registra ingresos más modestos.

La Reserva Federal confirma el análisis de Stiglitz. Entre 2007 y 2010, la riqueza de la clase media se redujo 39%, borrando casi 20 años de prosperidad acumulada. Entre tanto, la riqueza de las familias más opulentas aumentó en casi 2%. Es lógico: gran parte del patrimonio de la clase media depende de su casa, y debido a la devastadora implosión de la burbuja inmobiliaria, las propiedades cayeron de valor y, con ellas, la riqueza de la gente. En cambio, el patrimonio de un rico no depende sólo de su hogar, y por eso esta pequeña franja de la población pudo sortear, en forma más exitosa, la crisis económica de los últimos años.

Por suerte, no todo está perdido. Millonarios con sentido de la justicia social, como George Soros y Warren Buffett, están exigiendo una reforma del código tributario para que los impuestos sean más justos y equitativos. El problema es que la brecha económica es tan vasta, con intereses tan fuertes atrincherados en Washington, que con dificultad se podrá lograr. La conclusión de Stiglitz es igual de alarmante: EE.UU. y el sueño americano, la libertad unida a la igualdad de oportunidades sociales y económicas, es, cada vez más, algo del pasado.

¿Y Colombia? Según el Programa de la ONU para el Desarrollo, los únicos países del mundo con mayor desigualdad que Colombia son Haití y Angola. La tragedia es que ese solo dato lo dice todo.

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