Por: Ignacio Zuleta

La desigualdad obscena

La señora, mientras surten efecto sus cremas y marrones, se asoma por la ventana del cuarto de ropas de su apartamento cartagenero de Los Morros.

Discute por el iPhone con su amiga acerca de la mugre y la pobreza que se acumulan en La Boquilla. Le molesta el cambuche de pescadores, de madera y zinc, que se ve al frente, pasando la avenida.

La señora no ha tenido tiempo de leer el último reporte de la Oxfam en el que se describe que el 1% de la humanidad atesora la mitad de lo que en este mundo llamamos la riqueza. Su esposo, que estuvo en Davos estrenando jet privado de la compañía farmacéutica a finales de enero, y que trajo el documento, no le comentó que es tan obscena la cifra de la concentración económica en unas pocas manos, que hasta la directora del conservador Fondo Monetario Internacional, Christine Lagarde, muy bien vestida, advirtió en su tono de señora bien que la excesiva inequidad no es coherente con el crecimiento sostenible. Y habló —castro-chavista— de “capitalismo incluyente”.

Tampoco le contaron que la directora de la Oxfam, la africana Winnie Banyima, con un turbante a lo Piedad Córdoba, afirmó beligerante ante los potentados de este mundo que “El sueño americano es sólo eso, un sueño. No es verdadero por el extremo nivel de inequidad”, o también que “la riqueza extrema termina por capturar la política, y de ahí en adelante la elaboración de medidas públicas se hace en beneficio de los ricos”.

La señora, para ser sinceros, sí ha estado considerando lo que dijo el papa en Filipinas, cuando afirmó que “hay que romper las ataduras de injusticia y opresión que hacen surgir las flagrantes y muy escandalosas desigualdades sociales”, pero cuando comentaba con su amiga estas minucias, relacionadas con los tugurios de la ciénaga aquí atrás, ya tuvo que colgar pues llegó la peluquera a cepillarla.

El marido, ceñudo ante tan repetidas alarmas del sistema, recuerda que la Oxfam propone en su informe acciones concretas como repensar seriamente la exención de impuestos a las corporaciones (aquí abre bien los ojos) y a los individuos ricos (algo lejanamente parecido a nuestro reciente impuesto a la riqueza), invertir en servicios públicos universales como salud y educación, introducir y asegurar salarios mínimos, reducir impuestos al trabajo y al consumo e incrementarlos a lo suntuario, además de otras ideas de equidad mínima sin las cuales, dicen los terroristas, simplemente las contradicciones del sistema son ya su propia soga al cuello.

No estuvo muy de acuerdo con las conclusiones de la Oxfam. Se parecen demasiado a lo que propone la guerrilla en la mesa de La Habana. Pero no quiere pensar en estos temas estando en vacaciones. Quiere descanso y salud. Y hablando de salud, debe apuntar en el recordatorio del teléfono no olvidarse de comprar en Suiza la semana entrante, cuando vaya a arreglar las marañas de las cuentas con el HSBC, las cremas de la cara para su señora, que insiste en que el calentamiento global le está sacando unas arrugas pavorosas.

 

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