Por: Francisco Gutiérrez Sanín

La desnaturalización de la Navidad

Tiene razón la Iglesia católica: el verdadero sentido espiritual de diciembre se ha perdido irremediablemente para millones de colombianos. Hace 20 años, digamos, a estas alturas la gente sólo pensaba en bailar. No había la menor posibilidad de organizar un seminario, una reunión académica, un taller. Nadie asistía. La producción, las ideas, la revolución, la contra-insurgencia, todo quedaba en suspenso. En el 2017, en cambio, y ya terminando la primera semana de diciembre, es claro que el verdadero y original sentido de la festividad —rumbear hasta perder la consciencia— quedó irreparablemente olvidado, y la gente sigue en lo suyo: trabajar. “Interactuar”. Peor aún, “interlocutar”. A toda velocidad, para angustia de todos los lentos del mundo (pero me imagino que somos ya una minoría insignificante). Llegó el día de las velitas, una celebración emblemática, y el mundo sigue en su frenesí, sin darse por notificado. Recuerda uno inevitablemente a Marshall Sahlins, uno de los grandes pensadores de la antropología económica, quien en su libro La otra sociedad próspera, mostraba que ningún cazador-recolector que se respetara trabajaba más de tres o cuatro horas diarias. Cuántas razones tendría para mirarnos por encima del hombro…

La manera en que los seres humanos se relacionan con su trabajo siempre ha sido una pregunta apasionante para las ciencias sociales. También para la literatura, que a menudo vio en la gente capaz de escapar a los rigores del mundo laboral una suerte de oráculo. ¿Qué estará pasando hoy en ese particular? Mucha gente se ha hecho en los últimos años esta pregunta, pues en efecto en ellos hemos contemplado varios cambios en gran escala. Primero, uno tecnológico masivo, que creó para muchos dueños de computador portátil y de celular inteligente un estado de “ni trabajo ni ocio”, una suerte de penumbra mental, caracterizado por interacciones permanentes típicas del espacio laboral pero sin la exclusividad que éste solía exigir. Segundo, una ampliación muy significativa del número de personas que se ganan la vida manipulando signos, no objetos en el espacio físico. Incluso en economías muy disociadas de la inversión en investigación y el desarrollo, como la nuestra, esta profunda transformación se puede observar a simple vista. Me pregunto si alguien la habrá cuantificado. Como fuere, uno de los efectos combinados de ambos procesos es una ampliación, pero también una pérdida de densidad, de las horas y los días de trabajo. Llevas tu oficina en el bolsillo, como suelen decir los publicistas. Eso quiere decir que puedes, o tienes, que “interactuar” más o menos a todas horas. Pero lo harás con menos concentración, combinando tareas de tipo laboral con otras. No por casualidad la literatura de autoayuda, en el firme primer lugar de ventas en el mundo, ha identificado al “multitasking” como uno de sus grandes focos de atención. Hay al menos otro cambio en gran escala: la informalización del trabajo y la desindustrialización, que atraviesa todos los niveles de desarrollo y que ha sido estudiada más en detalle.

Mientras tanto, se suceden crisis sucesivas en el mundo del trabajo manual. Reporta recientemente The Guardian que tanto en Estados Unidos como en Gran Bretaña hay una epidemia de suicidios de agricultores. No por penuria extrema, ni porque estén en la misma situación que, digamos, los trabajadores del carbón (es decir, en un ramo de la producción que amenaza obsolescencia): sino por vacío puro y duro. Estás viejo y solo, sabes que si te esfuerzas muy duro puedes mantener tu finca en pie, ¿pero a cuento de qué seguir haciéndolo? Mejor apagar las luces.

La sociedad colombiana, que es increíblemente dinámica, tanto por lo que tiene como por lo que no, podría llevar estas tendencias a niveles extremos. No creo, o no quiero creer, que nuestra sociedad deje de bailar el chucu-chucu: pero lo hará cada vez más celular en mano, “interlocutando”.

 

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