La dictadura de las minorías

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El reemplazo de Ruth Bader Ginsburg en la Corte Suprema de Justicia ha puesto de presente, una vez más, los problemas de la democracia de Estados Unidos, en especial el hecho de que, en ocasiones, las minorías ganan las elecciones y sus representantes deciden por todos.

La mayoría republicana del Senado, que representa a menos del 50 % de la población, se prepara para nombrar en forma vitalicia a una fanática conservadora para que ajuste las normas que rigen la vida de todos los estadounidenses a sus estrechas creencias religiosas, en abierta contradicción con las preferencias de las mayorías. Fue de esta forma que en 2018 el católico Brett Kavanaugh fue nombrado en la Corte con 50 votos del Senado que representaban al 44 % de los estadounidenses. Y se sabe que si se mantienen las reglas actuales para elegir a los senadores (un estado con escasos habitantes elige el mismo número de senadores que uno mucho más poblado), en algunos años el 30 % de la gente elegirá a 70 de los 100 senadores.

Por otra parte, de acuerdo con las oscuras reglas del llamado Colegio Electoral, los presidentes pueden ser elegidos con menos del 50 % del voto popular. Ese fue el caso de George W. Bush y Donald Trump, quienes, juntos, finalizando este año, habrán nominado a cinco jueces de la Corte Suprema. Con la próxima decisión, Trump, quien perdió la elección popular por más de tres millones de votos, habrá escogido a tres miembros de la Corte Suprema y asegurado una mayoría conservadora por varias décadas.

El problema se extiende a la Cámara de Representantes, donde gracias a prácticas como el llamado gerrymandering (el amañado diseño de los límites de los distritos electorales para favorecer a ciertos políticos), los republicanos obtuvieron en 2016 el control con menos del 50 % de los votos. Los demócratas saben que en muchos escenarios deben obtener más del 55 % de los votos para lograr la mayoría en la Cámara.

Otro gran pecado de la democracia de Estados Unidos es la llamada “supresión de votantes”, o sea, las tretas para impedir los votos de quienes pueden ser contrarios a quien realiza esa práctica, entre ellas la exigencia de innecesarias formas de identificación de las minorías, impedir el voto temprano (clave para obreros) y evitar la votación por correo, una facilidad importante en esta pandemia a la cual hoy tienen acceso cerca de 80 millones de estadounidenses. El propio Trump está creando obstáculos para que no haya suficientes sufragios por correo en las próximas semanas.

Estas fallas de la democracia de Estados Unidos se han agigantado por la entrada masiva del dinero de las grandes empresas a las elecciones. En buena parte, esto ha sido posible precisamente por una decisión de la mayoría conservadora de la Corte Suprema. El fallo llamado Citizens United vs. FEC permite que las corporaciones y otras organizaciones gasten libremente y sin límite en los procesos electorales. Aunque la Corte argumentó que basaba su decisión en la libertad de expresión, varios críticos han sostenido que, a raíz de ella, el principio de “una persona, un voto” se ha transformado en “un dólar, un voto”.

En las próximas elecciones de Estados Unidos se podrá comprobar si, por fin, las mayorías en las urnas van a ser capaces de imponer su voluntad sobre las minorías que se benefician desproporcionadamente de los defectos de la democracia.

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