Por: Juan David Zuloaga D.

La difundida costumbre de opinar

TODOS OPINAN. NADA MÁS COMÚN hoy en día que la opinión.

 

Tanto, que comienza a ser uno de los grandes males de nuestro tiempo. Basta salir a la calle, asistir a un café, cruzar una plaza, mirar las sesiones del Congreso de la República, ir al estadio, para constatar que quien reina en esos respetables recintos es siempre la opinión. Cualquiera, pues pareciera que importa más saber opinar que saber callar. Olvidada yace esa sutil sabiduría del novenario: “la prudencia que hace verdaderos sabios”.

Por lo difundido de la opinión se creería que es una costumbre antigua o un inveterado vicio. Pero lo cierto es que, como bien señala Ortega y Gasset en La rebelión de las masas, se trata de una novísima tendencia. Antes, señala el filósofo español, tenía el pueblo proverbios, refranes, apotegmas que condensaban reposadas sabidurías, tópicos —en suma—, pero no tenía opinión. Sabían adscribirse a uno u otro partido, apoyaban esta o aquella opinión que gentes más ilustres y, sobre todo, más ilustradas sabían proferir, pero no hacían de su vulgaridad y de su ignorancia una opinión.

Eso, claro, en otras épocas. Igual de infames tal vez, pero acaso más felices. Ello, para no hablar de la pretensión kantiana de que la opinión de cada cual —uso público de la razón la llama el filósofo alemán en su texto de 1784 titulado ¿Qué es la Ilustración?— hablara en calidad de entendido o de maestro. La pretensión, pues, de que cada opinión estuviese fundada. Nada, sin embargo, más infundado en nuestros días que una opinión; que la general opinión. A pesar de ello es corriente la idea de que todas las opiniones son respetables y apenas hay una charla en la que no aparezca en boca de alguno de los interlocutores el manido lema de “yo respeto tu opinión” y así, todos opinan y a nadie se le cae la cara de la vergüenza, incluso frente a discutibles opiniones. Porque sólo en virtud de una equivocada idea de la tolerancia que comienza a reinar en nuestros días se puede sostener que todas las opiniones son respetables.

Hace ya años, hablando con el profesor Roberto Palacio discutíamos la cuestión. Él achacaba el mal al racionalismo y yo al empirismo. Sea como fuere, lo cierto es que el mal está ya muy difundido y el único antídoto —una sabiduría reflexiva y reposada, una vida con algunos días de lectura, leer y volver a leer ciertos libros— está ya muy olvidado, cuando no es vejado impunemente. Nadie entonces se aterra o se conmueve frente a ciertas opiniones, como cuando, desafiante, sale algún (o alguna) artista a decir en los medios que él (o ella) es un imbécil, sin que siquiera aflore un tímido rubor en sus mejillas; sin que el público se inmute. ¿Qué más da? ¿A quién le importa? Es su opinión y es respetable, se oye exclamar a los más... Aterrado y atrincherado en esta Atalaya me conmuevo y me conduelo frente al patético espectáculo y clamo por una revolución. Que todos opinen. Valga: ¿qué le vamos a hacer? Parece irrefragable este mal. Pero, por favor, que opinen bien.

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