Por: Reinaldo Spitaletta
Sombrero de mago

La dinamita del Mónaco

El carro bomba de 80 kilogramos de dinamita no lo tumbó. En cambio, dejó en la sociedad una marca tal vez imborrable y muchas preguntas aún sin resolver. El Mónaco, un símbolo de la infamia, desaparecerá del paisaje y se convertirá en historia. Hace 31 años, el 13 de enero de 1988, el cartel de Cali dejó en la entrada del edificio-búnker del “capo de capos” Pablo Escobar un carro bomba que no alcanzó a derribar la edificación, pero causó el terror en el barrio Santa María de los Ángeles e hizo sonar los clarines de guerra entre las mafias colombianas.

Construido en un tiempo récord de cinco meses, donde antes había dos mansiones tradicionales, el edificio de ocho pisos se elevó como un hito de la cultura mafiosa y criminal que, en 1986, cuando comenzó la construcción, ya había irrigado las barriadas de Medellín. Ya el capo, el mismo que como táctica política construyó canchas de fútbol con iluminación y barrios para los más pobres, había mandado matar al ministro Rodrigo Lara (30 de abril de 1984), había estado protegido en Panamá por Noriega y vuelto al país para continuar con su extenso catálogo de fechorías.

El edificio con enchapes de oro, billares para las decenas de sicarios que fungían como guardaespaldas, carros de colección y las atronadoras cuatrimotos que por el antes sereno barrio montó el hijo del “patrón”, se convirtió en la representación de una era de horrores. La sociedad antioqueña, tan goda y rezandera, tan emprendedora y clasista, que desarrolló con su élite un proyecto empresarial con el cual ejerció la vigilancia y el control de todas las conductas (aliada con Estado e Iglesia), tenía desde fines de los 70 un cáncer. ¿Sus maneras de ser —además de plusvalías y otras ganancias— habían generado un monstruo?

Los nuevos ricos, incluidos los que con maestría narró Carrasquilla en Frutos de mi tierra a fines del siglo XIX, los que tras una serie de atentados contra gentes sencillas y trabajadoras (como lo sucedido en los 50 con el barrio Antioquia) surgieron de prácticas non sanctas como el contrabando, el envío de cocaína a los Estados Unidos, los carteles del Marlboro y después de la “blanca”, estaban ya en los 80 en el “curubito”. Y aunque no les dejaban entrar a ciertos exclusivos clubes de la burguesía, sí eran bien vistos por su dineral.

¿Qué factores socioeconómicos, culturales y políticos se mezclaron para que surgiera un “patrón del mal”? La memoria sobre el edificio Mónaco debe aportar más análisis, más investigaciones, más preguntas y respuestas acerca de cómo y por qué emergió un individuo que puso en jaque los “valores” tradicionales de las viejas élites y se erigió como una expresión lumpesca que llegó a ser adorada (¿todavía?) por muchos excluidos de la fortuna. Y aun por los practicantes de la doble moral.

Con el Mónaco, con sus ruinas y transformación, como un referente de un tiempo que parece no haber terminado del todo, o que se ha metamorfoseado (hoy Medellín es una ciudad de horrores, de alta criminalidad, de espantosos abismos sociales), está la posibilidad de reconstruir la historia, de divulgarla, “para que la memoria no se olvide”, como dice el lema del Centro de Historia de Bello.

El Mónaco es el símbolo de una sociedad desvirtuada por su inclinación a lo ilegal, a lo ilícito e inmoral, y que erigió falsos héroes en torno al dinero mal habido (suponiendo que la sociedad tenga fuentes de “dinero bien habido”, porque, como dice el pueblo, toda riqueza es digna de sospecha). Es (aunque desaparecerá como edificio) una metáfora de la infamia.

La construcción sucedánea, un memorial, debe recordar a los miles de víctimas de la lava infernal del narcotráfico. Debe ser una suerte de expiación. La culpa trasciende al edificio. Va más allá del fenómeno. Y debe ser —su demolición, su nueva forma— una oportunidad para el estudio de la historia, la dinamización de la memoria. Y para no olvidar.

Aquel bombazo madrugador, que llenó de incertidumbre no solo a los habitantes de Santa María de los Ángeles, sino a toda la ciudad e incluso al país, fue el preámbulo de una pavorosa confrontación entre carteles. La retaliación de Escobar no esperó mucho y arrasó, por ejemplo, con decenas de farmacias que eran fachada del cartel de Cali. Y advinieron muertos a granel: jueces, periodistas, amas de casa, estudiantes, profesores, policías… Y tantos carros bomba, miles de asesinatos y la entibación de una cultura que todo lo resolvía a bala y que todavía hace parte de una mentalidad en el país.

No hay que olvidar a las víctimas. Tampoco al verdugo. Y habrá que pensar, como parte de una memoria crítica, por qué una sociedad —la de Medellín, la de Colombia— produce monstruosidades. La transformación del Mónaco debe ser un perentorio llamado al “nunca más”.

 

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