Por: Hugo Sabogal

La dinastía Torres

No hay semana que no se registre alguna visita de destacadas personalidades del vino, lo que indica la importancia que ha adquirido Colombia como país consumidor de gran potencial.

Aunque nunca faltan las giras periódicas de directores de exportaciones, gerentes de marca o enólogos de nivel intermedio, la presencia de los grandes hombres y mujeres del vino era esporádica o nula.

Sin embargo, solamente en el último mes el pedigrí ha subido de calibre. Hace 20 días pasó por estos pagos el italiano Antonio Morescalchi, fundador de Altos Las Hormigas, una de las bodegas de mayor prestigio de Argentina. Y esta semana nos visitó la condesa Adeline de Barry, propietaria de la bodega Château de Saint-Martin, en Provenza, sur de Francia, especializada en vinos rosados.

Pero pocas veces ha puesto pie en nuestro suelo alguien de la talla de Miguel A. Torres, presidente de Miguel Torres S.A., sin duda una de las bodegas insignia de España, si no la de mayor alcurnia. Existen, claro está, otras de talla similar, pero Miguel Torres es especial, tanto por su capacidad innovadora, como por estar presente, con importantes bodegas propias, en California y Chile.

Muchas empresas de tradición en el mundo del vino se han mantenido vigentes, pero algo apocadas. Sin embargo, Torres no ha dejado de sorprender a lo largo de su historia. Hay registros oficiales en la región catalana del Penedès que demuestran el compromiso de los Torres con el vino desde el siglo XVII. La empresa nació formalmente en 1870, por iniciativa de  Jaime Torres Vendrell. Desde entonces, cuatro generaciones se han encargado de manejar los destinos de las bodegas y de mantenerlas vivas. 

Miguel A. Torres, quien visita Colombia esta semana, es el representante de la cuarta generación y su actual presidente. Su hijo, Miguel Torres Maczassek, ocupa actualmente el cargo de director general. Y ambos han mantenido en alto el nombre de Torres como productor  de vinos y brandies de alta calidad.

De esa casa recordamos etiquetas como Coronas, lanzada al mercado en 1942. Luego vendrían Torres 10, en 1946, Viña Sol, en 1947, y Sangre de Toro, en 1954. Esto quiere decir que muchos padres y abuelos del mundo (Torres llega a 150 países) han vivido bajo la influencia de estas marcas, que aún hoy nos acompañan (remozadas, desde luego), pero respetuosas de la tradición.

En nuestro continente, el nombre de Torres está íntimamente ligado a Chile, donde Miguel A. Torres llega en 1979. Allí compra 100 hectáreas de viñedos. Su gran contribución en el país suramericano fue la incorporación de tanques de acero inoxidable, que, hasta ese momento, se desconocían en esos confines.  En Chile, Torres ha desarrollado un proyecto de innovación y calidad con vinos como Santa Digna y Cordillera. Además, convencido de los beneficios de la agricultura orgánica, también ha incluido la colección Las Mulas y liderado el rescate de la uva local País.

Otro importante paso de Miguel Torres en la expansión de la viticultura orgánica y biodinámica es la bodega Marimar, nombre de Marimar Torres, su hermana, quien se mudó a California en 1975. Marimar Estate está presente, con su particular forma de hacer las cosas, en privilegiadas zonas californianas. Igualmente, el mundo de los brandies españoles tiene a Miguel Torres entre sus principales exponentes. Desde el Torres 5, Torres 10 y Torres 20, hasta los emblemáticos Jaime I y Honorable, dicha casa lleva a máximas alturas a uvas autóctonas catalanas como Parellada, Macabeo y Xarel-lo.

Ante una obra forjada en su tierra natal y en otros puntos cardinales ibéricos (como Ribera del Duero y Rioja), lo mismo que en Chile y California, lo mínimo que puedo agregar es que la visita de Miguel A. Torres no debe pasar desapercibida entre todos los amantes del vino. Su legado es tan vasto que pasará algún tiempo antes de que podamos asimilarlo en toda su dimensión.

Buscar columnista

Últimas Columnas de Hugo Sabogal

Los vinos que vienen

Lo bueno de la adversidad

Italia esencial

Ancianas coquetas

Cantar nuestros orígenes