Por: Mauricio Rubio

La discutible evidencia científica LGBT

“Se ha aceptado como un hecho científico que no resulta contrario al interés del menor el crecer en un entorno homoparental” afirma la ponencia favorable a la adopción gay del magistrado Jorge Iván Palacio.

La evidencia científica es en realidad un conjunto inconexo de estudios exploratorios, sacados de contexto para utilizarlos de manera parcializada como apoyo a lo que se volvió un dogma que se debería matizar y desmenuzar.

Los primeros trabajos planteando que la orientación sexual de las madres no afecta la crianza tenían como propósito rebatir decisiones judiciales que en los EEUU negaban a las lesbianas la custodia de sus hijos biológicos al divorciarse. Por eso se hicieron comparaciones con hogares de una mujer heterosexual cabeza de familia. El resulltado estándar fue que esos dos tipos de hogares, sin presencia masculina, no implicaban diferencias significativas entre los menores. Posteriormente, algunos centros de inseminación artificial se negaron a atender lesbianas. Los estudios se extendieron a parejas de mujeres con hijos biológicos nacidos en ese hogar para, nuevamente, defender el derecho a la maternidad.

Siempre se advirtió que la pertinencia para segmentos peculiares de mujeres no implicaba resultados generalizables. Una revisión señalaba “un sesgo de clase media blanca, con muestras pequeñas y procedimientos que no cumplen las condiciones de la investigación rigurosa”. Aún más discutible era que rara vez se observaban los niños; se entrevistaban las madres, con frecuencia activistas interesadas en determinados resultados. Años después persistían esas limitaciones. Los mismos autores advertían que eran esfuerzos exploratorios, rudimentarios. Ni siquiera para la población de lesbianas norteamericanas se consideraban representativos.

Los poquísimos trabajos con padres homosexuales no tenían grupo de control. Desde entonces se señaló la dificultad para encontrar gays que participaran en los estudios sin sesgar las muestras. Con vinculación voluntaria, los hogares homoparentales problemáticos evadían las investigaciones. Como la preocupación de esa época era la transmisión de la homosexualidad, “el sesgo potencial más importante es que la decisión de los padres de participar puede depender de la orientación sexual de sus hijos”.

Los estudios realizados hasta finales del siglo no se hicieron con entrevistas anónimas, circunstancia que favoreció silenciar factores negativos de los hogares. Los participantes voluntarios, activos en la comunidad homosexual, precisamente pregonaban la ausencia de problemas. La misma metodología eliminaba cualquier diferencia con la crianza heterosexual, atrayendo sólo parejas interesadas en mostrar su idoneidad como cabezas de familia. Algunas mujeres “pueden haber servido de voluntarias para este proyecto porque estaban motivadas por demostrar que las lesbianas son capaces de producir hijos saludables y felices”.

Las dos principales limitaciones de estos estudios es que sólo excepcionalmente observaron los niños y en la práctica ignoraron los hogares gays, más complicados, limitándose a parejas de lesbianas con la madre biológica. Esa característica no ha cambiado. Un trabajo reciente con “un método de muestreo superior” usa los datos del “Estudio Longitudinal Holandés de Familias Lesbianas”. Muchos de los trabajos norteamericanos se han hecho con información longitudinal de parejas femeninas. Un resumen de la literatura en el 2005 revisó 44 estudios de familias lesbianas, ninguno de gays.

Un proyecto de la Universidad de Columbia, recogió 71 trabajos que supuestamente demuestran que para la crianza “da lo mismo” una pareja homosexual que una heterosexual. Al revisar los resúmenes la unanimidad es menos obvia y no queda claro por qué se dio el salto de los estudios de lesbianas con hijos biológicos para extender las conclusiones a los hogares de hombres, muy poco analizados. En las familias estudiadas hay casi mil quinientas de lesbianas contra 158 de gays. En los escasos (8%) trabajos con hombres las conclusiones son menos nítidas, más crípticas y contradictorias entre sí.

Una investigación publicada en Enero de 2015, realizada en Inglaterra con una muestra representativa de la población, más de 200 mil niños, 512 de los cuales viven en hogares monoparentales, concluye que “los problemas emocionales presentan una prevalencia más del doble para menores con padres del mismo sexo que para menores con padres del sexo opuesto … La presencia de los dos padres biológicos se asocia con la tasa más baja de problemas emocionales infantiles por un factor de cuatro relativo al de los padres del mismo sexo”. El diagnóstico en sociedades latinas apenas se inicia.

La jurisprudencia no tiene por qué basarse en la ciencia, pero si la disculpa para evadir la discusión parlamentaria de temas complejos es una supuesta evidencia científica, esta no puede tener tantas fisuras ni estar completamente desligada de la realidad nacional. Lo que resulta insólito es apoyarse en un conjunto discutible de estudios foráneos para salir a feriar un saldo de menores abandonados disponibles para adopción en Colombia.

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