Por: Miguel Ángel Bastenier

La doble personalidad del presidente Correa

En Rafael Correa pugnan dos personalidades. Formalmente, el presidente ecuatoriano es un bolivariano titulado, y más ahora que la muerte de Hugo Chávez parece abrirle la puerta a la dirección del movimiento.

Sus declaraciones son siempre políticamente correctas, aunque la profusión de nombres de conquistadores españoles en las calles de Quito se compadece mal con el culto al Libertador; cuando hay que decir socialismo lo dice con gran énfasis y si hay que adjuntarle fecha, siglo XXI, tampoco se echa atrás, pese a que nada en el país augura la transformación socialista de Ecuador; rinde homenaje, cuando menos retórico al indigenismo, que si poco tiene que ver con la figura de quien llevó al virreinato de Nueva Granada a la independencia, es imprescindible en el país andino, donde el criollato se halla en franca minoría con respecto a los llamados pueblos autóctonos; pero hay otro Correa, europeizante, reformista antes que revolucionario, al que las diferencias raciales de Ecuador entorpecen mucho más que alivian en su lucha por la modernización del país.

Correa ya tiene lo que anhelaba. Todo. Con su abrumadora mayoría en la cámara podrá hacer aprobar lo que quiera, aunque asegura que no reformará la Constitución para ser de nuevo candidato. Y si al final no cede a esa tentación su bolivarianismo se verá extrañamente nimbado por la prudencia. Evo Morales en Bolivia ya está inquiriendo cómo se hace eso de presentarse a un nuevo y hoy anticonstitucional mandato; y el agradecido Daniel Ortega de Nicaragua apetece perennidades similares. ¿Qué pretende entonces el mandatario ecuatoriano?

A su llegada al poder en 2006, más que refundar el país, como persigue el presidente boliviano, pensaba en términos de modernización. En un mejor reparto, social demócrata, de la riqueza, una movilidad social que sacara al indígena de su estupor y, en definitiva, en la instalación de Ecuador en algo lo más parecido y lo más rápido posible al Primer Mundo. No tenía ninguna prisa por ingresar en el ALBA, instrumento que Chávez agitaba contra Estados Unidos, y a día de hoy, aunque el bolivarianismo habla de moneda común para los países de esa ‘obediencia’, Quito mantiene el dólar como divisa nacional. Pero Correa pronto descubrió o llegó a la conclusión de que la vuelta del revés que soñaba para Ecuador topaba con poderosos enemigos. Era el Antiguo Régimen que si bien destruido por la marea electoral y ciudadana que el presidente supo congregar en su movimiento Alianza País, se obstinó en que se había parapetado en la prensa privada. De temperamento naturalmente autoritario, y visceralmente incontinente, en lugar de tratar de pactar con los restos de una oligarquía económicamente poderosa pero políticamente depauperada, hizo artículo de fe que tenía que limpiar el país de enemigos por el bien de la patria. Mediado su primer mandato se convenció de que necesitaba aliados y esos solo podían ser los bolivarianos.

La sarta de excesos a la que se ha entregado en esa lucha contra lo que llama ‘pelucones de la prensa mercantilista’ es bien conocida. Negar información a la prensa no afín; declarar enemigos del pueblo a los periodistas que no le seguían el juego; servirse de una figura de la legislación ecuatoriana, la ‘injuria calumniosa’, para amedrentar y arruinar a quienes desde la información —cierto que frecuentemente nada respetuosa— se había convencido de que se oponían a sus designios. Han sido estos últimos años los de un bolivarianismo exacerbado en los que con el voto lo ha barrido todo. Y, precisamente, por eso, goza hoy de la oportunidad de comprobar qué queda de aquel Correa al que le habría gustado transformar con una varita mágica a Ecuador en Bélgica o Suecia.

La pugna por el alma de América Latina que desencadenó hace una década el chavismo puede concretarse en una sublime decisión ¿Occidente, sí o no? Bolivia está declaradamente en el ‘no’ con la refundación indianista del país; Chávez en Venezuela quería una especie de dictadura democrática, con votaciones y partidos de oposición —que no ganaran nunca—: mucha más libertad que en Cuba, pero mucha menos que en Europa occidental; Nicaragua, flotando entre subsidios petrolíferos de Caracas a lo que saliera; Cuba empeñada en durar, como prueba su presidente Raúl Castro, que se contempla cinco años más en el pedestal; ¿y Ecuador? En los próximos cuatro años Correa deberá adoptar un rumbo que le acerque al Occidente de la democracia formal o ahonde en el autoritarismo chavista.

El hecho de que se retire o trate de perpetuarse en el poder al cabo de su nuevo mandato de cuatro años, podría ser factor determinante de cuál de los dos Correa es el que vaya a terminar por imponerse.

 

 

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