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La economía de la vacuna, para mi prima

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Durante casi toda la historia, a los seres humanos nos ha tocado ver a la muerte como una cita inaplazable. La religión ha jugado un papel importante, necesario si se quiere, para navegar no solo por una vida incierta sino para dar sentido a una muerte inevitable. Al fin y al cabo, decía Yuval Noah Harari, las mejores mentes en la historia han pasado sus días buscándole un significado a la muerte, no tratando de derrotarla.

Eso ha cambiado. Gracias al desarrollo social, al virus que nos acecha no lo vemos como una señal apocalíptica de una deidad, sino un enemigo para derrotar con ciencia. Los médicos hacen una labor heroica conteniendo esta crisis en el primer frente de batalla y los científicos de laboratorio en el segundo frente buscando una vacuna que es, en últimas, la única salvación que tenemos.

Como economistas, mi prima y yo no podemos luchar contra un virus desconocido o contra la falta de aire en los pulmones, pero podemos intentar diseñar los incentivos para que otros tengan las herramientas para hacerlo. Al fin y al cabo, nuestras esperanzas y nuestro destino como humanidad ya no están en manos de chamanes embaucadores o de curas profetas, sino en un puñado de compañías farmacéuticas con robustos modelos financieros de riesgo y rentabilidad.

Una paradoja para los socialistas nostálgicos (o para los antivacunas), pero así es la vida.

Le explicaba a mi prima el otro día sobre los problemas tan grandes que tenemos para financiar la vacuna. No sin algo de resistencia:

El problema de las vacunas, prima, no es pagar los materiales, sino pagar por el desarrollo de esta.

—¿Por qué no pedimos que sea gratis? ¿por qué no prohibimos las ganancias por esta vez?, me preguntó.

—¿Recuerdas el día que fuimos a Villa de Leyva, prima?

—Sí, ¿por qué?

—Te voy a contar una historia.

El otro día vi en la plaza a un artista renombrado del pueblo que dibujaba un retrato para un cliente por un cuantioso precio. El público lo rodeaba mientras hacía su arte cuando alguien de la audiencia lo cuestionó:

“¿Por qué tan caro? —le preguntó—. Si eso solo le costó un papel barato y unos 15 minutos”.

“20 años y 15 minutos —respondió el artista—. Nadie nace aprendido”.

Al artista le costó mucho llegar a ese punto, pero después podía mejorar algunas vidas con poco más que un papel y un par de minutos. Así funcionan las vacunas. La estructura de costos es muy parecida: el material cuesta muy poco, pero los esfuerzos para llegar a la obra final valen mucho.

Financiar las vacunas no es fácil. Igual que con el arte, lo normal es que los márgenes sean altos. No podemos simplemente pensar que los laboratorios deben regalar la idea para no “enriquecerse” de todo esto. Uno simplemente no le dice a un artista (o a una farmacéutica) que le va a pagar por los 15 minutos y olvidarse de los 20 años que les costó llegar a ese punto.

Si queremos que los laboratorios o farmacéuticas tengan con qué financiar los sueldos de los científicos, los recintos y las herramientas necesarias para desarrollar una vacuna, nos toca ofrecer los incentivos necesarios para que puedan recuperar el dinero cuando tengan éxito.

Normalmente para eso existen las patentes que le permiten a la farmacéutica vender su medicina con un monopolio por 20 años para poder recuperar sus costos de desarrollo.

Esta idea para el COVID-19 es tan ingenua como la de pensar que las farmacéuticas no van a cobrar. Ese mecanismo simplemente no es posible, cuando tenemos que inmunizar al mundo entero en tiempo récord, si queremos recuperar la vida que conocíamos y estar saludables.

Tal vez una mejor propuesta sea organizar un fondo entre países y darle una jugosa recompensa al laboratorio que saque la vacuna que nos salve de esta. Esta propuesta le daría la posibilidad al mundo de utilizar la “idea”, para producir vacunas en masa y al tiempo mantener los incentivos para que los laboratorios puedan invertir generosamente en el desarrollo.

Eso se llama alinear incentivos, es mucho mejor que ignorarlos.

martin.jaramillo@email.shc.edu

@tinojaramillo

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